Que «la luz no viene del cielo, sino de las profundidades», escribe Armando González Torres en un tweet. De ser así, ¿a dónde dirigimos nuestros pasos cuando los tiempos se tornan oscuros? Frente a la avalancha de angustias y desaires de algunos días, bien nos convendría saber de un lugar seguro, un espacio de refugio donde los ánimos renueven su aliento y esperanza. Fue en el aterrador contexto de la Segunda Guerra Mundial, donde Hanna Arendt descubrió en la amistad un espacio propicio para la solidaridad y la lealtad; un lugar donde guarecer la promesa de un mañana distinto para la humanidad fue entonces posible.
Cuando es preciso ir más allá de la calamidad, la amistad parece ser un buen destino. Al menos eso atiné a responder, cuando después del primer café me cuestionaste sobre la fórmula para salir del sufrimiento. No hay mucho por decirte, lo sabes ya: la amistad se vive. Sin embargo, tomando cierta distancia, busco y encuentro en un mar de palabras su rumbo. Éste a su vez, como faro de luz, evita mi naufragio: poco o nada tendría sentido en mí, sin la presencia de los amigos:
Un barco frágil de papel,
parece a veces la amistad
pero jamás puede con él
la más violenta tempestad
porque ese barco de papel,
tiene aferrado a su timón
por capitán y timonel:
un corazón 1
Así, he llegado a saber que el tiempo, en el tiempo de la amistad, es distinto a la lógica que nos hace mirar la hora en un reloj. El suyo, es un tiempo memorioso: abierto al recuerdo, donde todo presente es un estar y cuya presencia es promesa de pertenecer a una morada. ¿Acaso no has sabido, sin duda alguna, que la cronología del tiempo no hace mella en la verdadera amistad? Por encima de las ausencias, su fuerza vital emana de lo entrañable. Ocurre que una vez dentro, casi sin darnos cuenta, nos asumirnos en una realidad rítmica, cuyo compás es marcado por la complicidad de su compañía. En suma, el paso del tiempo juga siempre en su favor.
Tan personal como universal, la amistad es un espacio que habrá de habitarnos, toda vez que hacerlo es pertenecer a ella y no buscar su posesión. En los tiempos de la dictadura argentina, Mario Benedetti cuenta que «llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron». Se sabrá entonces, que su vivencia es una posibilidad, un gran quizá que se transforma en una elección de la voluntad, en tanto no es una acción predeterminada por la naturaleza humana. Su camino, es en espiral: el ser amigo es quien configura a la amistad y la amistad es la que hace ser al amigo.
Encarnar su nombre, amigo mío, es saberse acompañado en el tiempo. Bálsamo a la herida y alegría en el vivir, la amistad aguarda en la profundidad de la mirada, en la renovación de la sonrisa, en el abrazo que conforta y en la sorpresa de cada encuentro:
Mis amigos son valientes; los he visto pelearse con la vida
limpiarse el polvo y erguirse con orgullo.
No le temen al error, al espejo, ni al amor
Y su abrazo lo mismo me cura
de la gripe que del olvido. 2

2 Comments
Magali
Alberto, gracias por tus reflexiones sobre la amistad. Aunque la vivimos, como bien dices, pocas veces reparamos en pensarla y pensarnos en ella de las formas tan hermosas en las que describes. No obstante, te leía y sentía que sí, que he tenido la fortuna de ser amiga y de ser parte de eso más grande que se llama amistad.
Saludos y espero leerte pronto.
Una amiga
Alberto López
Magali, que alegría saber de la complicidad de nuestros recuerdos. Agradezco tus palabras.
Te abrazo
Un amigo