Murmurantes Shaila Esquivel

El trópico de Zoco

Ahora, a las seis de la mañana y con sesenta años en el cuerpo, iba a terminar con el mayor sufrimiento de su vida. Apretó los anillos con fuerza y se los echó a la bolsa del vestido, en seguida abandonó el cuarto, muy a prisa y extremadamente excitada bajó las escaleras, comenzó a correr porque no quería ser descubierta. Sin embargo, cuando cruzaba el patio rumbo a la salida escuchó la voz de Jano.

— ¡Eh! ¿Aónde vas? — Este insistió al no obtener respuesta— ¿Qué ónde vas tan apurada jija de la chingada? 

— Aquí nomás, voy  al huerto — contestó Zoco. Él se levantó enfurecido de la hamaca y fue tras ella, la alcanzó y la tomó bruscamente por los cabellos.

Vivían en una de esas casas con patio interior en torno al cual se distribuían las habitaciones frente a un corredor lleno de plantas, sillas y hamacas. Era una construcción vieja, aunque bien cuidada; una de las salidas daba hacia los corrales y la otra hacia el jagüey. Fuera de la casa todo el terreno era uno mismo, un rancho con una gran extensión. 

Hacía ya mucho tiempo que no dormían juntos. En algún momento ella había deseado dormir sola, sin tener que oler a su esposo que llegaba en la madrugada impregnado de alcohol, de sexo, y del perfume devaluado de las prostitutas del pueblo mezclado con tabaco y sudor arraigado; pero no se atrevía a decirle, pensaba que era ya muy tarde para reivindicar su existencia alienada hace más de cuarenta años. Un día, para su fortuna, él mismo le dijo que se mudara a otra habitación, la casa les sobraba desde que los hijos ya no vivían con ellos. Le ordenó que se fuera a la habitación contigua para que lo atendiera cuando la necesitara; por el momento, en su cama ya no le servía. Lejos de ofenderse, Zoco se alegró por haberla liberado de la esclavitud de sus ronquidos, de su presencia misma a la hora del descanso.   

Ese día en la mañana Jano se había levantado para dar la ronda habitual por el rancho, pero al pasar frente a la habitación de Zoco vio la puerta entreabierta, le pareció raro y se asomó; en la oscuridad sintió la soledad del cuarto. Prendió la luz y se dio cuenta de que Zoco no estaba dentro. Enfurecido la llamó a gritos pero ella no se apareció por ningún lugar, así que decidió no dar la ronda hasta que ella se manifestara, estuvo recostado sobre una de las hamacas, esperando a que ella apareciera por algún lugar de la casa en cualquier momento y, aunque dormitaba, estaba atento. Cuando la escuchó abrió los ojos y al ver la evidente prisa de Zoco hacia la salida del jagüey quiso sorprenderla, fue entonces cuando le preguntó a dónde iba, pero como no escuchó respuesta, estalló el grito vehemente:

— ¿Qué ónde vas tan apurada jija de la chingada? 

Entonces Zoco se detuvo, paralizada por el efecto de esa voz siniestra; el valor que la impulsaba minutos atrás se había disuelto por completo. Se preguntaba qué hacía ese maldito en la casa a esa hora, cuando debía estar en la  ronda por el rancho, como lo había hecho durante años de manera religiosa ¿Por qué el día más importante de su vida tenía que ser la excepción? 

A ella la delató su nerviosismo, su voz temblante y desmodulada. Él enfureció al percibirlo y se levantó de la hamaca en donde estaba recostado, fue tras ella, la alcanzó en la puerta y la tomó bruscamente por los cabellos. 

— Con que al huerto. No me vayas a andar con tus pendejadas, a tu eda ya estás más bien pa la tumba. Ira nomás el esperpento que eres.

Estaba desesperada, era imprescindible salir de la casa, no importaba cómo. A él se le encendió la llama de la intolerancia, le golpeó el rostro con el puño y en seguida le rasgó el vestido a jalones; fue entonces, cuando se escuchó algo metálico contra el suelo: eran los anillos de matrimonio.  — ¿Pos qué te traes vieja loca?— le preguntó sin esperar respuesta, la azotó contra  el suelo y la pateó hasta que se cansó. Ahí quedó Zoco, desmayada junto a la puerta. Él simplemente se acomodó la camisa, con el rostro excitado la miró colmado de desprecio y se alejó gritando injurias.

Minutos después Zoco reaccionó, no recordaba lo que le había sucedido, estaba asustada al ver la sangre que le escurría por el rostro. Se levantó y fue hacia la puerta con dificultad, no podía respirar y comenzó a llorar muy agitada. Tenía un presentimiento que se manifestaba como una patada en el pecho, la hacía pensar que era demasiado tarde, aunque no recordaba para qué. Solo existía en su mente el imperativo de dirigirse hacia el  jagüey. 

Cuando llegó a la orilla de aquel depósito de agua se detuvo y, agitada, comenzó a observar todo a su alrededor. Seguía llorando, quería recordar el porqué del imperativo. Sentía impotencia por no poder recordar ese algo tan importante que debía hacer.

— ¡Pero que bruta eres, Zoco! — se decía sin parar de llorar. Sin embargo, sabía que algo la esperaba en ese lugar, aunque no podía recordarlo. 

Mediante un murmullo escuchó su nombre y un escalofrío le recorrió la espalda; el cuerpo comenzó a hormiguearle con una sensación completamente ajena, olvidada ya hace muchos años, quizá con un esfuerzo hubiera podido recordarla, de cuando recién se había casado, pero no quería pensar en nada que tuviera que ver con su esposo.

La energía iba creciendo cada vez más, recorría su cuerpo provocando una agitación incontrolable; comenzó a sentirla al pasar por sus senos de camino hacia el cuello, después, del ombligo en dirección a su pubis para continuar rumbo a las piernas. Su estómago se contrajo en una pequeña explosión que le nubló el pensamiento con una cascada incontenible de suspiros, no sabía qué hacer con ellos. Era un mar que mecía su cuerpo, o a una parte de él que representaba la totalidad. 

Estaba despertando de un largo paréntesis, un periodo en que su calidad de mujer se había reducido a la de un mecanismo programado para la servidumbre. Su energía había estado enterrada a gran profundidad dentro de un cofre cuya llave había sido arrojada al fondo del mar y nunca había contemplado la posibilidad del rescate; ante eso, solía tranquilizar su mente al repetir con resignación ¡ya paqué¡. En ese momento esa frase estaba perdiendo validez.

Algo inexplicable le estaba sucediendo, sentía el compás de sus venas en todo el cuerpo. Caminó imantada por un fino hilo de excitación que la conducía hacia lo ignorado y no se resistió. Se dirigía hacia la parte más honda del jagüey, justo en donde había una enorme piedra que asomaba su cresta sobre el agua. Al llegar al punto de mayor profundidad el agua le llegaba al pecho, al mirarlo se dio cuenta de que sus pezones estaban erizados. Volvió a escuchar su nombre y sintió que explotaba. Su mirada se dirigió hacia el fondo y percibió en la profundidad un azul marino que nunca había visto en el jagüey, una inmensidad que se abría aún más hacia el centro de la tierra. Se abría para darle paso. Muy distante del miedo, se sumergió y fue hacia ella, instintivamente sabía lo que estaba haciendo; ya lo sabía, aunque no lo recordaba.

A lo lejos pudo percibir un cuerpo que se aproximaba, era una mujer joven desnuda, no podía distinguir con precisión sus rasgos, pero su excitación aumentó y se esforzó para acercarse a ella. Poco a poco se le revelaban los detalles: un rostro afilado, de esos que parecen de aguila, su cabello oscuro, las piernas fuertes y sus senos abultados. Como un flash recordó su juventud. Cuando estuvieron de frente se abrazaron sin titubear.

—Zoco, te estaba esperando — le dijo la mujer. Zoco no respondió. —Soy yo, ¿me recuerdas? Tenía mucho miedo de que no pudieras regresar. No te vuelvas a olvidar de mí— la joven le besó los labios y Zoco permaneció callada, no la sentía ajena, aunque no la recordaba con exactitud.

Se adentraron más hacia el fondo, lo que había sobre el agua se iba haciendo menos perceptible mientras más descendían, finalmente llegaron a la entrada de las profundidades y la cruzaron.


Ilustración Gisela Palma

Zoco se cuestionó por qué no había sido capaz de verla antes, ella siempre había estado ahí. ¿Por qué se había engañado con la ilusión del matrimonio? ya no le interesaba el mundo de afuera,  ahí comprendió su existencia.

Su permanencia en la profundidad implicaba el compromiso absoluto con esa mujer, solo de esa manera se le permitiría el acceso definitivo a ese mundo. La condición era regresar al rancho con Jano, tomar los anillos de matrimonio y llevarlos a la profundidad para destruirlos entre las dos. Era imprescindible deshacer cualquier vínculo con su esposo, no estar comprometida con nadie más que con su verdadero amor, con esa mujer a quien había olvidado por tantos años. 

Regresaron a la superficie en donde se despidieron; se vieron a los ojos, se acariciaron y besaron. Zoco prometió regresar con los anillos y quedarse con ella para siempre.

Cuando llegó a la casa había un silencio absoluto, a esa hora Jano ya debía estar dando la ronda por el establo, era muy de mañana y nada se escuchaba, ni siquiera los grillos.  Zoco entró a la casa sin temor, confiaba en el rigor de la rutina que se imponía su esposo, así que fue sin divagar directo a su habitación, escarbó en un cajón del closet hasta que halló la cajita de madera, la abrió y observó los anillos de matrimonio.

Dos simples objetos metálicos circulares simbolizaban la desventura de su existencia, su rostro pálido y delgado les reivindicaba una felicidad líquida que se le había escapado entre las manos la misma noche de su boda. 

Ahora, a las seis de la mañana y con sesenta años en el cuerpo, iba a terminar con el mayor sufrimiento de su vida. Apretó los anillos con fuerza y se los echó a la bolsa del vestido, en seguida abandonó el cuarto, muy a prisa y extremadamente excitada bajó las escaleras, comenzó a correr porque no quería ser descubierta. Sin embargo, cuando cruzaba el patio rumbo a la salida escuchó la voz de Jano.

— ¡Eh! ¿Aónde vas? — Este insistió al no obtener respuesta— ¿Qué ónde vas tan apurada jija de la chingada? 

— Aquí nomás, voy  al huerto — contestó Zoco. Él se levantó enfurecido de la hamaca y fue tras ella, la alcanzó y la tomó bruscamente por los cabellos.



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