Miré por la ventana, pero solo había niebla. Bajé del autobús y cubrí mi cabeza
con la gorra de la sudadera, entonces lo vi.
Estaba de pie, frente a la taquilla. Me sonrió. Acomodé la mochila sobre mi
hombro y caminé a su lado. Sentí un ligero escalofrío, que terminé por ignorar.
Tomamos un taxi, el chofer preguntó cuál era el destino. El de siempre, junto al
reloj, cerca de la Asunción.
Miré de nuevo por la ventana, el sol comenzaba a salir. El verde de los cerros
cubría todo, respiré profundo y cerré los ojos por un momento para poder disfrutar
del breve trayecto.
Llegamos al pueblo, los vendedores estaban colocando sus puestos. Dulces
típicos, cubiertos con miel, con piloncillo, con azúcar morena que deja los labios
protegidos contra cualquier otro sabor. Era tan fácil enamorarse del lugar.
Seguimos avanzando y recorrí con el corazón las paredes de la vieja hacienda, sin
siquiera tocarla podía sentir los bordes faltos de uniformidad. El taxista indicó que
habíamos llegado.
Cruzamos la calle. Se me antojaba un café, de ese que trae canela, pero preferí
esperar a tomarlo en el siguiente pueblo. Viajamos a la orilla de los cerros,
abrazándonos con su altura, con sus aires, con sus historias.
Al bajar del transporte, nos dimos cuenta que era demasiado temprano y casi
todos los locales estaban cerrados, así que decidimos caminar hacia la plaza.
Entramos a la iglesia, solo podíamos escuchar nuestros propios pasos. El
sacristán nos dio los buenos días y luego salió apresurado. Nunca me había
sentido tan sola y tan en paz.
Salimos de ahí para andar un poco más. Encontramos un negocio abierto y
desayunamos, no por tener hambre, sino para disfrutar de la vista de la calle, con
el olor a tierra mojada, limpia, como si nunca nadie hubiera pisado aquel suelo.
Comenzamos el ascenso hacia el panteón, a tramos hablando, a tramos callados,
pero siempre juntos. Robé un par de capulines de una rama que colgaba perezosa
sobre una barda. Eran dulces, me hicieron sonreír.
Al entrar al panteón nos saludó Herminia, nos recordó que no hay que salirse del
sendero, que no hay que pisar las tumbas y que al salir hay que dar una
cooperación.
Nos sentamos en el jardín junto al pozo, tomé una foto mental de las flores que
crecen libres y silvestres junto los oyameles. Tanta vida alrededor de los muertos,
te hace pensar que todo se trata un viaje.
Tomé su mano. Sobre los tejados rojos se alzó la niebla y mientras recorríamos el
lugar me besó. Ahí, justo enfrente de donde nos habíamos conocido,
desapareció. Me despedí de él y prometí volver el siguiente año, era tiempo de
volver a casa.
Claudia Vázquez Quezada