El eco se fue apagando gradualmente, es tan difícil que la memoria masiva se comprometa con los recuerdos. Sin embargo, el empecinado conductor seguía tomando sus precauciones, llevaba la boca cubierta por un gastado trapo blanco cuya humedad me provocaba repulsión. Sus gruesos labios reprimidos provocaban una ligera distorsión en las palabras expulsadas, un verdadero enfado al oído.
— ¿Influenza?, ¡mis tanates!, puro invento del gobierno pa distraer nuestra atención, y así hacer de las suyas. Todavía hay gente tonta que no se sube al taxi si me ve con la boca descubierta ¿usté cree?, pues por eso ya no me lo quito—.
Pensé que era un vulgar taxista, que sin embargo no andaba tan errado al juzgar la supuesta epidemia. El conductor, evidentemente solitario, insistía en mantener la conversación a pesar de la dificultad sonora; fui muy breve en mis respuestas, nunca he sido partidaria del cordial diálogo insustancial, así que, solo me limitaba a responder —sí—, —no—, —no sé—. Pensé que no habría más opción ante mi notable indiferencia que cesar en sus intentos de conversar. No sucedió, su energía aumentaba al expresar sus opiniones sobre el calor extremo, el tráfico y otros temas de mi completo desinterés.
Estornudé y me volteó a ver como si se tratara de la salud de su madre y no de la de una desconocida a quien veía por primera vez y quizá por última. — ¡Salud!— dijo, pero yo no respondí porque no me gusta pensar que el estornudo sea, por regla, indicio de una enfermedad por la cual deba invocarse preventivamente la salud.
Después me di cuenta de que me miraba por el espejo retrovisor. Me incomodó y agache la mirada. Fue en ese momento cuando descubrí la cartera de cuero viejo en el piso; el conductor seguía hablando mientras yo la tomaba, era una cartera gorda, me asomé a ver su contenido de manera breve apoyándola en mi regazo. No había identificaciones, así que decidí quedarme con ella y la guardé en mi bolsa. De nada servía entregársela, seguro el pasajero anterior la había olvidado. Daba lo mismo, sin identificaciones no hay nada que se pueda hacer con una cartera perdida, más que agradecerle a la suerte. Lo justo hubiera sido compartir el contenido con el taxista pero las cosas no funcionan así. La de la suerte era yo, no él, ni el dueño de la cartera.
Más tarde, ya en casa, me quedé pensando en la cartera y comencé a fantasear acerca de las circunstancias que rodeaban ese objeto antes de haber llegado a mis manos, me preguntaba quién sería la persona que estaría lamentándose por la pérdida de ese dinero, que, por cierto, no era poco. Seguramente era un muchachito que había venido a la ciudad, procedente de un pueblo, había trabajado muy duro porque siempre había vivido humildemente en la casa de su abuela. Cuando la avaricia lo poseyó, tomó la determinación de abandonar a su fiel compañera la miseria e irse a un lugar más fructífero.
Oscar era su nombre y vivía con la abuela desde que su madre se fue, sabrá Dios a dónde y con quién, a él nunca le importó, no sentía amor por ella, solo quería dejar de ser pobre, pero no tenía ni un peso para comenzar. En ese pueblo de la costa, la marina era la única opción que un hombre de su edad tenía para salir de ahí y un día, sin titubear, se enroló.
Al poco tiempo lo trasladaron al gran puerto de una ciudad. Ya para entonces conocía bien el rigor y la disciplina de la marina, por tal motivo desertó del barco para aventurarse en la vida de la ciudad. Había escuchado que aquí podía ganar dólares con tantos turistas que llegaba en los cruceros al puerto, esa era la oportunidad que tanto había esperado.
Oscar se liberó de los amaneceres impuestos y fue a buscar trabajo. En poco tiempo hizo un gran currículo: repartidor de pizzas, cajero de un supermercado, mesero, vendedor de tiempos compartidos. Simplemente sentía que no encontraba su vocación.
Después conoció a Maritza, una joven trabajadora que buscaba con quien compartir la renta y se fue a vivir con ella. La compañía de Oscar le caía del cielo, se sentía extremadamente sola y ni siquiera se tomó la molestia de entrevistarlo.
Poco a poco lo fue conociendo y su perspectiva cambió muy rápido, Maritza no toleraba su inconstancia, ni sus malos hábitos y le pidió que buscara otro lugar porque ya no quería vivir más con él.
El día en que lo echaron a la calle, Oscar no tenía ni un centavo y una vez más salió a buscar empleo. Caminando encontró un anuncio que decía “limpieza de una casa, pago en dólares. Si le interesa, comuníquese al 312-30-8-92- 06”, y así lo hizo.
La casa se encontraba frente a la playa, estaba casi en ruinas, abrió la puerta una mujer de aproximadamente 45 años, robusta y rubia, de rostro frondoso y con una sonrisa nerviosa, parecía extranjera. —Gringa— pensó él. Era llamativo que vestía cuello alto en un lugar con una temperatura de 40 grados centígrados, mientras que Oscar cubría a medias su delgado cuerpo.
Ella soltó una vez más esa sonrisa nerviosa después de haber cerrado la puerta tras de sí como ocultando algo a sus espaldas. Tenía el rostro sudoroso, abochornado, se acomodaba con las manos el cuello alto de la blusa. Lo saludó con su peculiar pronunciación, —buenas días—. —Buenos días vengo por lo del anuncio—, dijo Oscar. No le contestó de inmediato, se cubrió la boca al toser, parecía como si quisiera decir algo y no supiera por dónde empezar. —Solo quiero saque la basura de la casa, necesito poco espacio para trabajar y yo pago seiscientos dólares— dijo sin verlo a los ojos.
¡Solo por sacar la basura! pensó Oscar emocionado. Comprendió demasiado tarde que nadie regala el dinero.
La primera mirada hacia el interior le proyectó en la pantalla de su mente la imagen de una bodega: pilas de periódicos y artefactos electrónicos en desuso. Exploró lentamente el túnel de la entrada hasta el final, en donde lo recibió una pequeña sala; sintió que lo llevaban de la mano frente a una de las casas del pueblo después de una inundación. Más periódicos, botellas vacías de todo tipo de vino; a su derecha había una mesa tapizada de libros y basura, a la izquierda, un sofá sepultado en los escombros: contenedores, algunos con restos putrefactos de comida, huesos de pollo y costillas de cerdo por todas partes, era un mar pestilente de porquerías. Se dirigió hacia el lado opuesto en donde se encontraba la cocina, aquí vio trastes sucios, huevos podridos, verduras en descomposición, el festín de gusanos sobre un pollo que descansaba en una charola plateada, la lista de suciedad era infinita.
Para Oscar era impresionante pensar en que ahí dentro vivía esa mujer, todo le provocaba asco, en especial un olor a putrefacción que inundaba el ambiente. Sin embargo no perdió el tiempo y comenzó a trabajar, su cometido era dejar la sala despejada.
Estaba por terminar el trabajo cuando la mujer se le acercó y le dijo que tenía que salir un momento, pero que por ningún motivo fuera a molestar a su esposo, quien se encontraba en la habitación, ya que estaba muy delicado de salud.
Ya faltaba muy poco para concluir su labor cuando miró por inercia hacia la puerta de la habitación, le entró una gran curiosidad por asomarse, a pesar de la orden que le habían dado, o quizá por ella. Caminó hacia allá y se paró frente a la puerta, de inmediato percibió con más fuerza ese olor insoportable, volteó hacia abajo y descubrió que una hilera de gusanos blancos comenzaba a escalar por sus pies, alarmado comenzó a sacudírselos. Quería salir del lugar en ese instante, se sentía muy mal, desesperado caminó hacia la puerta de entrada, decidido a irse sin esperar a que la mujer regresara y le pagara. Pero se detuvo y pensó que ya había estado mucho tiempo trabajando en ese basurero y que debía aguantar otro poco para recibir su paga.
Con miedo fijó su mirada nuevamente hacia el cuarto y se dio cuenta de que por la ranura de la puerta seguían desfilando los gusanos. Fue hacia allá, ya sin detenerse abrió la puerta de la habitación y se encontró con la imagen más horrorosa de su vida: en otro mar de escombros, como el de la sala, sobresalía una cama en donde descansaba el cuerpo putrefacto de un hombre, la visión fue rápida, en seguida cerró la puerta y salió corriendo, sin titubeos. Cuando abrió la puerta de la entrada se topó con la mujer que volvía.
— ¿Ya terminaste?, excusa lo tardanza, mucha gente en el banco. Pero aquí está tu dinero—.
Oscar recibió el dinero, sin poder articular una sola palabra y comenzó a correr con el propósito de alejarse de ese lugar. Temía que la imagen pudiera volverse indeleble en su memoria y anular su apetito, hasta que su cuerpo se rindiera ante la inanición.
Guardó el dinero en la cartera de cuero viejo que su abuela le había regalado y tambaleándose tomó un taxi, lo único que deseaba era llegar a casa. De pronto recordó que ya no tenía casa.
Pobre hombre, pensé que debía hacer lo posible por regresarle la cartera. La tomé nuevamente para ver si había algún papel, algo que me pudiera ayudar a encontrar al dueño para regresársela. Me emocioné al encontrar algo que no había visto, era un pedazo de papel doblado a manera de acordeón, con algunos nombres y teléfonos. Pero tras reflexionar llegué a la conclusión de que esa información no me garantizaba encontrar al dueño de la cartera. ¿Qué iba a decir?, “Hola me encontré una cartera con seiscientos dólares, ¿son de usted?”. No, no podía hacerlo, no debía hacerlo, ya habíamos concluido que la de la suerte era yo.
Shaila Esquivel