Murmullos Murmurantes

Armando Rosas Almanza. Mis más sinceros bemoles
México: Cisnegro, 2022

Un libro que (re)suena

¿Cuántas veces La evolución de las especies fue la clave para comprender nuestra chilanguidad?,¿cuántas azoteas nos vieron amanecer escuchando a La Camerata Rupestre, compartiendo el último cigarro y el primer café, entre herrajes misteriosos? No sé, pensar en una banda sonora que crece conforme envejecemos, me lleva al espejeo con “otro” sonido; indica el pulso de nuestro lugar en el mundo con su metrónomo o es la instantánea posibilidad de reverberar en colectividad. Así se trastoca el espacio auditivo en barrio, pueblo, sierra, playa, universo simbólico de todos.

La historia de nuestras canciones no puede ser contada por cualquiera. Requiere deshebrar sonido análogo, descubrir la piel erizada con lo que resuena liado con la tradición: William Faulkner extasiado por la numerología de las arpas huastecas; Hemingway concentrado en el contoneo de un viola sobre la espalda de la noche, aunque quizá solo sea la espalda de un tal Juventino Rosas que no alcanzó transporte después del jale; o el encuentro del poeta del fuego y el agua que decía llamarse Li Bai y te regaló unos garabatos para que escribieras un “musical”, obra total donde percuten las voces espíritu por la tensión de arpa cromática dentro de un piano. El encuentro del sonido propio en la andanza entre acordes: Chilo Morán, Alejo Carpentier o Thomas Mann o el maestro académico que abrió las puertas de un jardín Aleph o Urizen, aunque los envidiosos digan que era un cuarto de trebejos para el ensayo de la banda.

La reciente novela de Armando Rosas gustará a quienes sienten atracción por la literatura sobre música y el análisis de los espacios interiores del sentimiento y la memoria. Con una excelente edición, la presente novela tiene como personajes a tres jóvenes que se encuentran, se pierden y se enfrentan a una dimensión más realista que mágica. Para los protagonistas, la reconstrucción del tiempo de estudio y conformación de la conciencia, son también una denuncia arriesgada. Un sentido autocrítico. Porque se trata de tres jóvenes que en el entendimiento de “estar en el mundo” de la música intentarán “no ser del mundo”, para liberarse de codicias, jactancias intelectuales, obediencia ciega a los cánones o a las personas de alto rango. Tal es el ideal del irreverente, el músico iluminado por su propia voz.

Soy inquisidor de la existencia

En el multiverso de Armando Rosas –a veces Graco, en otras, Marcelino y quizá, Sandro—se evidencian las dificultades que implican la conformación de una banda (¡de rock, es avaricia!) Donde el entendimiento de los contextos concierne lo biográfico y la creación de nuevos lazos de parentesco, para compartir alegrías o confrontar vicisitudes. Una banda requiere ritos de paso para lograr purificar sus palabras y ser tribu. Altibajos, diferencias y hermandad con marca de fuego, que se dice solo dura diez años, a veces menos. O cuando sonríe la fortuna, toda la vida.

Tener una banda de rock es subirse a un barco. Armando Rosas nos convida del viaje con los trozos de bitácora a flor de piel. Camino a Ítaca donde juegan ángeles y gorriones. El recuento de hechos, la testificación a detalle, pero sin el abuso de lo histórico, porque se trata de un recuento de emociones, no de datos. Al desandar los pasos de los jóvenes músicos será inevitable describir realidades que nos alejen de cualquier utopía. El barco deberá naufragar algunas veces. Cuando los golpes de la realidad, la aprobación de las élites o del exigente público que viaja en camión después del trabajo, dé luz verde o el portazo en la nariz; o ante los embates de políticas culturales o de la industria del espectáculo, sentir que ese barco es definitivamente de papel.

Los caprichos del caos

Mis más sinceros bemoles encararán un sistema que intenta la legitimación de las profundidades creativas y resistirán. Regularmente, el joven músico es el último en enterarse, pero los monopolios de la industria del espectáculo conocen perfectamente el target que mantiene sus negocios. La idealización termina cuando analizamos las empresas que, entre otras cosas, han intentado hundir las propuestas artísticas de varias generaciones.

Los integrantes de Mis más sinceros bemoles entenderán de golpe el negocio que ha sido el rock; los chicos ya no quieren divertirse, porque el “deber ser” lo impone una industria que transforma la transgresión en consumo. El punto estará en definirse, saber qué tipo de banda eres o representas y en qué momento dudarás o cuándo te morderás la lengua. La historia nos ayuda a entender cuál es el lenguaje para que la flor subterránea rompa el asfalto. La conciencia de lo subterráneo, la rebeldía ante lo “under” que se vende como “under”. Armando Rosas sabe que el arte es lucha, entonces compromiso con algo que no es el sistema. No es purismo, si no un punto de vista más allá de los atavismos personales. Al cerrar la novela, habrá que investigar qué propuestas de toda una época sobrevivieron o en qué se convirtieron. Y por qué el rock vive una crisis tan grande, que sustentarse en propuestas genealógicas es más que una esperanza. No solo es ver el declive provocado por los mercenarios de la industria de la música y no ceder. Es algo que se esclarece cuando te arrojan hielos en un antro mítico como el RockStock, que algunos ingenuos creerán era contracultura, y después tomar distancia prendiendo “un cigarro en la Alameda central”.

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