Tu mamá no quería que fueras porque viajar en tren no era seguro para dos adolescentes, además no confiaba en ti por las muestras de irresponsabilidad y subversión que le habías dado. Sin embargo, tu voluntad triunfa una vez más.
El primer día de vacaciones ya estás ahí, por fin llegó el momento de conocer el pueblo de tu mejor amiga. Hay fiesta en las calles por la zafra, ustedes caminan por la plaza y todos saludan a Faby, ella te presenta con orgullo, como diciendo “está es mi mejor amiga, casi mi hermana”. Bailan, ríen y beben toda la cerveza que les llega a las manos en vasos desechables itinerantes.
La fiesta se prolonga hasta la madrugada. Van ya de regreso a casa y el amanecer se acerca. En el camino Faby detiene el vocho, que le prestó su primo, frente a un muro alto y te dice:
—Lola vamos a saludar a mi papá—Tú le contestas que no mame, que su papá murió hace diez años.
—Aquí es en donde lo enterraron, Lola— te aclara.
Se baja del auto sin esperar tu aprobación, se dirige hacia la pared y comienza a escalarla, no parece tener ninguna dificultad. Al principio crees que se trata de una broma pero cuando la ves desaparecer del otro lado, piensas que no tienes otra opción y la sigues con torpeza, te atoras en la cresta porque el pavor a la altura te ataca.
—Aviéntate güey, acá te agarro — te exhorta, pero tú piensas que no lo harás porque sí estás borracha, pero no tanto como ella. Ese muro mide más de dos metros y si te avientas te quiebras las piernas. Pero ella insiste en cacharte. Decides colgarte con las manos para soltarte una vez que tus pies estén cerca del suelo. Finalmente lo haces. Ella, por supuesto, no te agarra porque está muy ebria, pero el golpe no es muy fuerte, te levantas en seguida.
Comienzan a caminar, cada quien toma su rumbo. La noche es de luna llena y la visibilidad es la misma que la de una calle de ciudad con faroles. Ninguna de las dos siente miedo a pesar de estar transitando entre muertos.
Te recuestas sobre una tumba y observas el cielo iluminado, casi no se ven las estrellas y la luna está hinchada. Te sientes tan cansada que podrías dormir allí mismo, así que cierras los ojos y te das cuenta de que estás realmente borracha porque la cabeza te da vueltas, tu reacción inmediata es abrirlos y cuando lo haces, tu vista ya no es la del cielo con la luna en primer plano, ahora te encuentras con un cuerpo inclinado hacia ti, cuyo rostro te observa manteniendo una sonrisa jovial. Te levantas asustada, pero te calmas cuando reconoces al hombre que tienes en frente, es Víctor Cuatro, el anfitrión de la casa en donde terminó la celebración hace un rato.
Te platica que quería seguir la fiesta, que iba rumbo al pueblo a buscar diversión, pero cuando vio el auto de Faby estacionado frente al panteón decidió ir a buscarlas. No podía creer que ustedes se hubieran atrevido a entrar, cuando él lo hizo te descubrió recostada sobre la tumba.
Sientes simpatía y quieres abrazarlo, lo haces, pero se abalanza y te derribar sobre el sepulcro. Te das cuenta de que ha malinterpretado el gesto, tratas de explicarle que no quieres que suceda nada, no en un panteón. No le importa lo que dices, aplica toda su fuerza y te inmoviliza. En la desesperación quieres gritar para pedir ayuda pero no puedes, él se impacienta por el forcejeo y te tira un golpe en el rostro, el dolor es intenso y te aturde un poco pero la defensa no cesa. Le pides ayuda a Dios y te manda una botella de coca-cola, de esas de vidrio, volteas a tu derecha y ahí está, aún tiene algo del líquido negro, la agarras para reventarla en su cabeza. Él cae al suelo y tú comienzas a llorar desesperada, crees que lo has matado y no sabes que hacer. Mientras estás con la indecisión, parada junto al cadáver o al hombre, él se reclina con la cabeza llena de sangre, está atolondrado y más borracho que tú y Faby juntas, pero no ha perdido las fuerzas, se levanta. Esperas que tome venganza por lo que acabas de hacerle —Ahora sí me va a violar ¡ya valí verga!—.
Para tu sorpresa, el violador comienza a correr gritando— ¡Pinche vieja loca, eres el demonio!—. Y tú te quedas llorando, desconcertada por lo que acaba de suceder, crees que fue Dios quien te salvó, te arrepientes de haber intentado volverte atea hace unos meses. Estás convencida de que definitivamente fue Dios quien puso en tu camino la botella de coca-cola a la que también le habías tenido aversión.
De repente, llega a tu cabeza un atisbo de la realidad, piensas que lo que acaba de suceder no va a derrumbarte y te levantas, caminas entre hileras de tumbas, recuerdas a Faby, te preguntas por su paradero y comienzas a buscarla con la mirada, pero no la ves, avanzas en su búsqueda.
A lo lejos puedes distinguir muchas luces sobre una de las lápidas, te vas acercando y percibes una silueta con una luminiscencia a su alrededor, es Faby sentada en medio de un círculo de veladoras, llorando desolada. Cuando se da cuenta de que te aproximas, te dice:
—Lola, ven güey, te voy a presentar a mi papá—.
Y tú le preguntas— ¿Faby, de donde sacaste todas estas velas?—.
—Las recolecté de las tumbas y yo misma las encendí— Te responde.
Te la imaginas haciendo la recolección, robándole las veladoras a cada muerto y pidiendo perdón por ello, te mueres de la risa, ella se contagia y se ríen juntas a carcajadas. Pero Faby hace el esfuerzo de ponerse seria y en seguida retoma su tono solemne.
—Ya en serio, Lola, éste es mi padre—.
Y tú le respondes —Mucho gusto señor, quiero decirle que su hija es una chingona, a pesar de haber crecido sin usted, es una persona que ha logrado todo lo que ha querido, usted debe estar orgulloso de ella—.
Cuando hablan, ambas se dirigen a la cruz que corona la loza. Faby te interrumpe.
—Papá, esta vieja es mi hermana, y si yo soy chingona es porque he seguido su ejemplo. ¡Ojalá tú la hubieras engendrado! así hubiéramos sido hermanas de sangre, pero eso no importa, de todos modos somos hermanas.
—Sí, somos hermanas —le respondes y en seguida te escupes la palma de la mano, la extiendes hacia ella y le dices—, pero vamos a ser hermanas de saliva—. Ella hace lo mismo y se estrechan la mano.
— ¡Ahí está papá! ya es tu hija esta vieja, mi mejor amiga y hermana—.
Entonces te volteas hacia la cruz y le hablas de manera formal, ahora tú pretendes ser muy solemne.
—Oiga señor, quiero decirle algo…—. Te detienes y te das cuenta de que no han mencionado el nombre del padre, te acercas a la placa de la tumba con la intención de saber cómo se llama y hablarle por su nombre, por la solemnidad de la situación. Lees el epitafio en voz alta: “Elodia Ortega 1959- 1980. Por su bondad y su pureza, que Dios la tenga en su santa gloria”
— ¡Faby, esta tumba no es la de tu papá!— le manifiestas y en seguida sueltan la carcajada incontrolable hasta revolcarse. Sin parar de reír le dices que han estado hablando con el muerto equivocado. Faby te responde que no importa, que de igual manera su padre las ha escuchado, porque debe estar muy cerca.
Ya comienza a verse el sol, ahora sí regresan a casa. Caminan por las calles porque se les olvida que traen auto y lo dejan afuera del panteón, las banquetas se les hacen pequeñas, la embriaguez no se les ha bajado. Más adelante, llegan al puente del tren que cruza un cañón, deciden sentarse sobre las vías con los pies colgados. Ya no recuerdas más. Lo que sigue es, tú abriendo los ojos en la cama con ropa diferente a la que traías el día anterior. Viene a tu mente la pregunta de cómo llegaste a casa, te mata la incertidumbre y decides levantarte para averiguarlo.
En la cocina está la mamá de Faby con una cara alargada, piensas que ella sabe lo que sucedió después, te sientes muy apenada porque seguramente hiciste desfiguros en una casa ajena.
La saludas y a pesar de su evidente enojo ella te contesta y te invita a tomar el desayuno, aceptas agradecida y te sientas. Por ningún lugar ves a Faby, recorres con la mirada el pasillo, la sala, el corredor, y nada. De pronto un sonido te aclara la duda, es Faby vomitando en el baño, ha comenzado y no puede parar. Finalmente habla la mamá.
— ¡Pero qué borrachera agarraron muchachas! Me levanté en la mañana, salí a regar las plantas de la calle y ahí me las encuentro tiradas sobre la banqueta. ¿Tu mamá sabe que tomas de esa manera? No sé cómo te dejó venir a éste lugar, tan peligroso que es, todos los días amanece un muerto en la calle—.
Te sientes muy avergonzada y prefieres no responderle, así que sigues escuchándola. Después de haberte hablado sobre lo peligroso que es ese lugar, te cuenta que esa mañana encontraron muerto en el panteón a don José, el velador, al parecer murió de un infarto. Dice que es muy probable que don José haya visto un ritual satánico porque a unos pasos de donde estaba su cadáver encontraron una tumba atiborrada de velas y muy cerca de ésta, otra llena de sangre, además de una botella de coca-cola quebrada, también con sangre — ¡Sabrá Dios lo que sucedió en el panteón anoche que ese hombre vio, y no resistió!—concluye.
Decides regresar a la ciudad esa misma tarde con todo y la cruda. Faby te acompaña a la estación de tren, te presta veinte pesos porque no completas la cuota del boleto y abordas el vagón, se despiden con cierta tristeza.
Esa sería la última vez que vieras a Fabiola, tu gran amiga, tu hermana de saliva de la preparatoria. La ves hacerse pequeña mientras el tren avanza alejándose de este pueblo en donde cometiste un homicidio involuntario.

El puente de Metlac 1881
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Tomasz Michalowski
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