Las gaviotas comenzaron a volar bajito, en círculos, graznaban alborotadas por el viento intransigente, así es como la lluvia se anunciaba. Aunque el sol brillaba, todos ya sabían que en unos minutos más el cielo se desmenuzaría sobre sus cabezas. La abuela Mary los había instruido en predecir ese tipo de cosas con exactitud y así sucedió. Tras el presagio, comenzó la tormenta. La gente corrió a refugiarse y las calles quedaron vacías. De repente, el olor de la tierra mojada se levantó por cada rincón del pueblo. Era la primera lluvia de la temporada, el polvo seco se elevaba y asentaba casi al mismo tiempo.
Sentado sobre la banqueta, en la esquina que forman las calles de Morelos y Juárez, se encontraba Cava. Permaneció inmóvil con la mirada al cielo, sentía con fruición las gotas al golpear su cara; creyó que los pulmones no le alcanzarían para respirar el polvo recién mojado. Se imaginaba comiendo tierra, revolcándose en los charcos de color café cada vez más grandes, situados frente a la banqueta que lo sostenía. Lanzó un grito al aire para exhortar a la gente — ¡No se escondan, salgan de sus casas, no están hechos de azúcar!— nadie prestó atención al loco del lugar. La abuela escuchaba desde el interior de su casa mientras sostenía el rosario con ambas manos frente al altar, sentía compasión por él. Para el resto, Cava era solo un desequilibrado.
Las calles se convirtieron en riachuelos que arrastraban frutos caídos de los árboles, hojas, vainas y piedras pequeñas. Cava se levantó, comenzó a caminar junto con la corriente, fue derecho por la calle de Morelos hasta llegar al arroyo, frente al potrero se detuvo a mirar a la yegua que corría junto a su potrillo, salpicaban el agua en una danza anárquica. Era una imagen borrosa por efecto del aguacero, semejaba un cuadro impresionista. Naty lo observó desde su ventana y pensó que el loco del pueblo era tan ajeno a la sociedad que no parecía un ser humano, era más bien una bestia.
Cava padecía epilepsia, eso lo hacía diferente y, por lo tanto, rechazado. Había sido el hijo único de los Hernández, decepción de su padre. Muchas historias se contaban acerca de él. Una vez desapareció durante un largo tiempo y en ese periodo lo consideraron muerto. La abuela, tan devota, le rezaba al Señor de la Expiración para que le trajera noticias de su paradero o, al menos, mandara al testigo de su muerte. Casi lo habían olvidado cuando, así como se fue, reapareció, más taciturno que nunca. Después de su regreso rara vez se le escuchó hablar.
Alberto tenía la versión de que cuando desapareció, Cava había estado en Guadalajara con Lupita, una prostituta que lo había obligado a vender drogas para mantenerla y también lo encaminó a consumirlas, especialmente una sustancia que era usada como calmante para caballos; según Alberto por eso Cava ya no hablaba como antes, aseguraba que su cerebro se había secado por completo.
Para Naty, la mirada de Cava tenía la profundidad de un pozo, en el que guardaba la frescura de la tierra y los misterios de la oscuridad. La generosa profundidad no presumía incapacidad para pensar, por el contrario, ella veía en él un mar de sabiduría contenido que se negaba a perder el tiempo en intentar transmitirla a esa sociedad putrefacta. Creía que un cerebro seco no era capaz de admirar la naturaleza como lo hacía Cava. Un día se lo encontró sentado a la orilla del río, con los pies sumergidos, le dio la impresión de que los peces se acercaban a acariciarlo; lo saludó y él sólo sonrió sin decir una palabra. La historia de Alberto siempre fue inverosímil a los oídos de Naty.
Desde el día de la tormenta no se le volvió a ver por el pueblo, Cava desapareció sin dejar rastro una vez más. Naty fue la última persona que lo vio. Desde su ventana lo observó caminar bajo la lluvia hacia los caballos y detenerse frente a ellos largo rato, hasta que un rayo, iluminando el campo con destellos blanquipúrpuras, lo desapareció como un mago celestial. Al día siguiente encontraron un caballo negro en el corral. Nadie sabía de dónde había venido; tal vez, como Naty imaginó, Cava se convirtió en bestia o quizá simplemente regresó a Guadalajara con Lupita.
Shaila Esquivel