Karla Osorio Murmurantes

Un halo de luz

  Yo creo que al final es todo luz. Pero no, finalmente,
    porque sea algo hermoso o temporal, ni siquiera solemne.

Robin Myers

Salgo a observar el paso cenital del Sol sobre la Tierra. Apreciable sólo en las regiones cercanas a los trópicos, este evento poco recurrente y de aun más poca duración promete lo extraordinario: admirar al gran astro solar acomodado en el punto más alto del cielo. Su desfile dejará la sombra de las cosas y de los hombres en su más pura verticalidad, insignia también del calor venidero. 

Pienso en las tantas veces que el Sol ha sido nombrado: Ra para los egipcios, Helios para los griegos, Huitzilopochtli para los mexicas; en sus heroicas hazañas, en las piedras que alzaron en su nombre sólo para celebrarlo en toda su magnificencia cenital. La palabra cenit deriva de la palabra árabe semt que significa cumbre y alude a la posición que la cabeza toma al mirar la bóveda celeste. Describe una direccionalidad. Meridiano imaginario que atraviesa al mundo.

Después de más de dos meses de confinamiento voluntario, salir a recibir el paso de la luz se parece mucho a lo que San Juan de la Cruz llamó “un ciego y oscuro salto”. Abandono mi nueva vida de murciélago para ser tocada momentáneamente por los dioses, por todos aquellos nombres con los que el astro ha sido bautizado.

Subo a la azotea y lo primero que percibo es una luz amarillenta inundándome los ojos. Mi mirada acostumbrada a la iluminación artificial recibe al Sol como una herida. Puedo sentir como adentra su caricia en todo lo que abarca, en todo lo que llaga. Su luz diluye el contorno de las cosas, con sus labios de lumbre las recorre hasta desvestirlas. El horizonte es una pintura al gouache repleta de techos a medio terminar. 

A lo lejos, el azul del cielo se interrumpe con el estoicismo del cerro de la estrella que durante mucho tiempo fue casa anfitriona de la ceremonia del fuego nuevo. Antiguo festejo mexica celebrado cada cincuenta y dos años. Al ritmo del teponaztli, el atabal, la chirimía y el caracol se encendía una hoguera gigante sobre la pirámide situada en la cúspide de ese montículo terroso. Con el ritual evitaban que el Sol pereciera y con él, la vida entera. Mientras eso ocurría, los habitantes de Tenochtitlan apagaban las luces y se quedaban en sus casas a esperar el nacimiento del fuego. Una vez encendido, era tomado en teas de pino y llevado de casa en casa a los pueblos más cercanos. 

Sobre la cima del cerro, imagino que Xiuhtecuhtli, el Dios del fuego, baila contentísimo al ver el paso cenital del astro solar. Le alegra ver esta lumbre que todo baña. Que el mundo no ha muerto. ¿A caso no fue Heráclito el que dijo: “el fuego eterno es también, indigencia y hartura.”? Xiuhtecuhtli lo ignora. Es claro que no entiende nada. ¿Tendría algo que entender? La vida de los mortales no se parece en nada a la de los dioses. 

Ensorbecida me empeño en buscar al Sol, en mirarlo a la cara. Tomo mis alas retinianas y emprendo el vuelo. Sé que me observa, que mi atrevimiento le hace gracia y apenas incrementada la altura, su señorío me devuelve la cabeza con la mirada llena de agua. «Nada es más grande que yo», me grita con su resplandor. Atraída por él deseé su fulgor e igual que a Ícaro me incendió las alas. De pronto entiendo el rumbo que se perfila en la palabra cenit, la trayectoria vertical grabada en la piel con su bastón de fuego. 

Me digo que si no puedo verlo, habré de sentirlo. Sobre la cabeza siento su tacto. Es aplastante el peso de la luz. Una sentencia implacable. El piso es un espejo donde el Sol se revela desde su trono altísimo. Su empuje me aprisiona y comprime hacia el centro, fuerza centrípeta y caliente que me recorre y me obliga a reunirme en mi mismidad. Volcar la atención hacia afuera se torna imposible, a cada paso que doy me persigue achicándome, vulnerándome con su vigor invisible. La luz no se respira ni se observa, es una presión que se siente, dice Anne Carson, así como se siente permanecer en el mismo cuarto con el hombre que se ama.      

Tan pronto como desisto de mi tarea delirante, descubro que el Sol se observa en la sombra de las cosas, que es también una sombra. Bajo su luz, cuenta María Zambrano, “la realidad queda, por extraño que parezca, oscurecida.” Encuentro la negrura de un perro –también oscuro– oculta bajo sus cuatro patas, apenas perceptible. Inquieta busco a mi otra yo, la de obsidiana y me incómoda no hallarla a mi lado. ¿Se habrá escondido en ese camino azabache que la luz ha abierto debajo de la tierra? 

¿Será que Platón estaba en lo correcto? ¿A los mortales sólo nos está destinado el conocimiento espectral? ¿Lo único que nos es dado es el reflejo, jamás la llama? Y quizás esté bien que así sea. Si hubo un tiempo en el que se intentó igualarse a la transparencia del Sol fue la llamada «época de las luces»; sin embargo, el conocimiento que proviene y es luz también quema. Ante sus altas pretensiones Herder pregunta: ¿Es posible que todavía exista alguien capaz de entender que la luz no es un instrumento para los hombres, que el lujo y la denominada libertad de pensamiento jamás llegarán a ser vocación y fuente de felicidad para todo el mundo? Los ilustrados quisieron tocar la luz y quedaron ciegos. Otros, preferimos la penumbra.

El fenómeno va pasando. Poco a poco nos devuelve nuestras sombras, oscuras como nuestras dolencias. Queda su rastro: la herida plasmada en el diamante dejado en la mirada. Signo de su luz y de su discurrir por nuestra negrura. ¿Será ese fulgor el regalo con el que habremos de librar el abismo que nos aguarda? 

Foto: O. Alejandro Flores Estrada-Xochicalco

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