El sello lo aplican a la entrada, en la muñeca con la palma hacia arriba. Lo revisan otra vez cuando sales. Sólo puede verse bajo luz ultravioleta, es la marca de que vienes de afuera. Me dan una casaca naranja fosforescente para que me la ponga arriba de mi suéter negro, los colores opacos no cumplen con el reglamento. Cuando termina el protocolo de acceso y lo veo sin casaca a pesar de que trae un saco marrón, le pregunto: «¿Por qué no le dieron una?». «Les di veinte pesos», contestó. Me siento tonto.
Fuera del filtro, nos espera nuestro anfitrión, el amigo de mi jefe, quien es el verdadero invitado. Me ve y ríe: «En un rato te la quitas».
Caminamos por el pasillo. «Por ahí entran las visitas», dice nuestro guía mientras vemos que los familiares entran por una puerta grande al centro. Él nos dirige a otra que va hacia los talleres de carpintería. Sabe que las instalaciones despiertan cierta curiosidad a los foráneos: «El tour vip», nos bromea. Al salir, el azul del cielo sustituye al techo. A lo lejos veo las rejas y después los muros. Descendemos por la rampa que cambia a escalera. Veo los inmuebles que albergan los talleres y los dormitorios. Los reos pasan a mi lado, ni siquiera me ponen atención y aun así tengo bastante miedo que ni el olor intenso a mota distrae. «Tranquilo», me habla mi jefe con voz calma. Se percató de lo nervioso que ando; no se requería mucho para detectarlo, estoy sudando a raudales. Eusebio Ruvalcaba escribe en Reclusorio Oriente que ni en los peores barrios de la Ciudad de México se respira atmósfera semejante. Acá en el Sur lo exhalo igual.
La escalera desemboca en el patio principal, precedida por lo que jamás imaginé encontrarme dentro de una prisión: ¡tacos!, dos puestos de tacos despachando frente a frente en competencia perpetua. Al lado, internos como vendedores “ambulantes” ofrecían sus artesanías: relojes, polianas, figuritas de alambre y madera, recuerditos en general. Los niños se pasean a través del patio en un carro de latón decorado con dibujos de luchadores gringos: el Enterrador, John Cena, mi admirado Rey Mysterio, etcétera. Y en una esquina separados por cobijas en tendederos se arman cuartos improvisados para echar pasión un ratito. Así los días de visita.
En la pared más lejana se yergue el auditorio. Ahí es la ceremonia de premiación del amigo de mi jefe. Ganó un concurso de escritura para presos organizado por el gobierno del entonces Distrito Federal y CONACULTA. Sé que su texto iba sobre la batalla del Monte de las Cruces entre el ejército realista y las fuerzas de Miguel Hidalgo, quien ganó, pero el precio fue alto: el lugar quedó repleto de cadáveres de insurgentes más que de realistas cuyas armas de fuego determinaron su defensa. A la mañana siguiente Hidalgo decidió evitar el ataque a la capital de la Nueva España y retirarse al norte. La guerra de Independencia se prolongaría diez años más. Antes Hidalgo sería encarcelado y fusilado en Chihuahua. La ciudad hubiera caído, ¿por qué ordenó el repliegue? Tal vez la imagen del paraje enrojecido, el hedor que desprendía, le recordó algún canto de la Comedia y se negó a perder toda esperanza personal.
El discurso de los funcionarios que acudieron a la ceremonia no decepcionó: acartonado, indiferente, tedioso. Las felicitaciones entre ellos las vendieron por kilo e insistieron ad nauseam que gracias a las iniciativas institucionales el rango de participación de los reclusos dentro de los concursos aumentaba. Al acabar, nuestro guía con su diploma de ganador bajo el brazo nos conduce a la que sería la última parada del viaje: la biblioteca que los mismos presos organizaron dentro del pabellón “D”. Para levantarla ellos recolectaron, almacenaron y clasificaron los libros dentro de un espacio no mayor a 10 metros cuadrados que les fue asignado. Cualquier interno podía pedir un libro prestado, de hecho había fila de tres personas esperando anotarse en la libreta de control. Estaba limpia y ordenada. Si los funcionarios la conocieran se hubieran colgado la medallita de su creación. La iniciativa de verdad no requiere de concursos y no conoce de encierros.
Regreso el vestuario tan discreto que me prestaron. El reflejo morado sobre mi mano y es todo; afuera. Una semana después ocurrirá un motín provocado por la interrupción repentina de la circulación de droga, acusará la CNDH, la autoridad del penal lo negará1.
1Aquí la nota: https://www.jornada.com.mx/2011/03/19/capital/030n1cap