A la monstruosa Chanda la dejó de querer la abuela por haber matado al caballo. Ha pasado ya tanto tiempo que, bueno, ya murió la abuela, también el río, murieron los árboles y las aves; este lugar se acabó. Es verdad que yo maté a Espuma, lo que no es verdad es que haya querido hacerlo.
Fue terrible verlo correr por todas partes, una antorcha enorme moviéndose desesperadamente, tratando de sacudirse el sufrimiento que cada vez penetraba más y más hacia su carne, hacia sus huesos; no se caía, yo deseaba que muriera pronto, que no aguantara el dolor y que le diera un infarto, pero no, parecía que el maldito animal se aferraba estúpidamente a la vida. Nadie iba a poder, era imposible apagarlo, ¿Qué íbamos a hacer? ¿Echarle agua o tierra? era una mole en llamas que se movía de aquí para allá ¡imposible!
Sí, fui yo, pero también fue Neto, mi primo el gordito de ojos tibetanos; y también Rafa al que le decían Posito porque se le hacían hoyitos en los cachetes cuando se reía.
Esos dos y yo siempre estábamos juntos, siempre jugábamos y terminábamos peleando, pero así de fácil nos reconciliábamos. A mí me relegaban a veces por no ser hombre. Les encantaba entrar a la casa en construcción de mi tía Amelia, ¡Uy, hace tanto tiempo! ahora esa casa ya se está cayendo, ahí dentro se medían sus pitirrines, a ver cuál estaba más grande, ¡chamacos! ellos tenían nueve años y yo ocho. Sugerían que les enseñara mi puchita pero nunca lo hice, jamás lo he hecho.
Fue Posito quien trajo las botellas de gasolina, aunque entre los tres empapamos a Espuma, montados sobre el corralito donde lo inmovilizaban cuando lo atendía el veterinario. No recuerdo mis pensamientos en ese momento, pero sé que no tenía ansia de matarlo, yo no sabía por qué lo estábamos bañando en gasolina, juro que no era consciente de lo que íbamos a hacer. Neto me dijo que trajera los cerillos de la cocina, entonces me fui hacia la casa. Mi abuela vio cuando los tomé y me gritó que los dejara pero no le hice caso y salí corriendo. Cuando regresé Neto me ordenó que encendiera uno y lo aventara en el charquito. Ellos habían trazado el camino del charquito hacia Espuma. La abuela se levantó de la silla cuando salí corriendo con los cerillos y fue detrás de mí con su paso lento, al acercarse me vio arrojar el cerillo.

El diagnóstico decía “La falta de empatía hacia el animal deshumaniza al niño e inevitablemente resultará en futuros crímenes violentos”. Ella solo supo que había sido yo. Y sí, fui yo, como ya lo dije. Creo que la entiendo ¿Qué pensar de una niña de 8 años que mata a un hermoso animal de una manera tan cruel? Desde entonces, me pensó como a un monstruo, no me quería cerca de ella, estaba segura de que el germen de maldad estaba brotando en un lugar en donde la inocencia debía estar plantada.
3 Comments
Heribé Felipe Uribe Santiago
Escucho tu voz leyendo cada línea! Y te siento tan cerca de mi que ese cariño que siempre te tengo renace como un fénix! Es un excelente cuento que deja ver qué las cosas no son como siempre creemos que son, ojalá fuéramos más abiertos a escuchar y entender los ” por qué?” de las cosas!
Tkm Un abrazo Shai y si te pica…? Zaaageras!
Shaila Esquivel
Gracias, Felipe!
Me encanta que te haya gustado. Siempre me he sentido cerca de ti, desde que te conocí.
Mike
Hola, buen texto, me gustó, no lo entendí mucho , creo que me falta leerlo de nuevo, tampoco comprendí muy bien la parte de los penes y la vagina, ojalá lo pudiesen explicar , saludos!