Alberto López Murmurantes

De los días nublados

porque ya sabes

que sobre todos los ojos de la tierra

algún día, sin remedio, llueve.

Enriqueta Ochoa

I

La Abuela contó, un buen día en que la visité, que Fermín cuando niño enfermó de tiricia, a causa del prematuro abandono de su madre. Lo que hoy nombramos tan banalmente como depresión, en un tiempo fue considerado un mal-estar que ensombrecía el alma. Al parecer, cuando el espíritu de mi tío-abuelo decayó, el desaliento era más respetado por los profesionales de la salud y quizá hasta por el mismo doliente. La cura del matasanos, en aquella provincia del México de los años treintas, no incluyó ningún fármaco invasivo al sentimiento de vacío.

A saber, el tratamiento para su alivio consistió en llevarlo al río más cercano, lugar donde su padre debía cortar pequeñas flores de distintos colores mientras él se dedicaba a observar tranquilamente el cauce cristalino. Una vez recolectada una cantidad considerable de maravillas en un cuenco, mi bisabuelo debía sentarse junto a su hijo a lanzar paulatinamente cada una de las flores al agua, tiempo en el que ambos participarían de la inexplicable belleza del fluir de la vida; devenir en el que a veces se haya lugar una dosis de tristeza. 

Después de algunas visitas al río, Fermín sanó. Así fue como el mayor de los hermanos de mi Abuela y el padre de ambos continuaron con su vida.

II

La sanación de la tiricia es un ritual milenario que puede rastrear sus raíces en la cultura mixteca. En ella, la tristeza es capaz de obnubilar la voluntad de quien la habita e impregnar de desánimo hasta el más simple de sus actos. El pueblo mixteco entendía bien que al dejarse invadir por la desesperanza el sufrimiento nos agobia en el dolor, provocando un extrañamiento en el estar presente. Las flores, llevadas por la fuerza de la corriente del agua, son rastros de la memoria que guían el camino de regreso a la serenidad de la morada.

Algo que omitió contar la Abuela es que tras seguir con la mirada el último rastro de flores, se debía llevar al doliente a escuchar música de banda. El tiriciente habría encontrado salida a sus días grises en el momento justo en el que el sonido de los tambores y las trompetas lo reincorporasen al ritmo vital, es decir, al armónico latir de su corazón, cuyo compás sería marcado por la cadencia en sus pies al bailar.

III

La tristeza, con su punzante dolor, es un límite en nuestro entendimiento; su aguda vivencia nos hace sentir en el pretil de un abismo. Con un nudo en el pecho o en la garganta y con la sensación de vacío en el estómago, el dolor manifiesto expone nuestra vulnerabilidad. Habitados por su padecer, no hay palabras que mengüen el dolor; no existe razón suficiente que de frente a la batalla que se libra en las profundidades del ser. No obstante, la experiencia del límite ha de ensancharnos el horizonte. 

En la desgracia hay que procurar con-solarnos, más allá de negarnos su vivencia. Propios o ajenos, los días nublados requieren compañía. Al percibir la fragilidad ajena asumimos la propia. Con una mayor comprensión de nuestra condición, se nos ofrece un camino distinto: no todo está perdido

Te daré lo que tengo:

este poco de viento

que escapa entre mis dedos,

que es el dulce dolor de estar viviendo.1

IV

Dado el paisaje, nos valdría encarnar en su nebulosidad como quien es capaz de bucear en las profundidades del mar. Con esto, no se rehúsa el tormento que la tristeza es capaz de provocar, sino que se reconoce que a veces es preciso el sufrimiento de un gran dolor para profundizar en las formas de la vida. No un dolor flagelante que nos asuma como víctimas ahogadas en su padecer; en cambio, sí un sufrimiento que al reconocerse como constitutivo de la vida nos impulse a ir más allá de donde la luz refracta.

Así, es innegable que la razón, tan exaltada por el pensamiento cerebralizado, proporciona algunas certezas necesarias; sin embargo, ha de ser la oscuridad de aquello que entraña la cavidad del corazón lo que libere nuestro espíritu y dé hondura al existir:

La vida es lo que tú tocas

De tus ojos, sólo de ellos

sale la luz que te guía

los pasos. Andas

por lo que ves. Nada más.2


Al llorar, los ojos recuperan claridad. La tiricia decanta, como el agua contenida en las nubes. La tristeza pasa, y en su paso nos devuelve la posibilidad de saber-nos con la fuerza de una mirada renovada, aun se encuentre emergiendo de entre las ruinas.




1. Fragmento del poema Llamado del hijo, de Dolores Castro.
2. Fragmento del poema La voz a ti debida, de Pedro Salinas.


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