I
Si la impaciencia te acongoja, sigue pronto y sin atajos el siguiente Manual de espera:
1. Siembra una lavanda.
2. Cuida de ella: riégala, abónala.
3. Corta algunas hojas, déjalas secar.
4. Pasados los días, infusiona.
5. Bebe, sorbo a sorbo, el brebaje.
II
A falta de aire: respira.
No subestimes el remedio, que en el respirar nada es obvio y en su cadencia hallarás tu alivio. Encuentra un poema y camina con él. Practica en su lectura, su inscripción en tu memoria. Sus palabrasviento te mostrarán la suave oscilación del vendaval. Entonces sabrás: la poesía es aliento.
III
Las piedras son fundacionales y además son el mejor remedio para el exceso de vanidad. Pocos médicos lo aceptarán abiertamente: entre sangre, oxígeno y recuerdos; nuestro corazón bombea algunas piedras. Con ellas se han de edificar puentes, cordilleras y una que otra muralla.
Basta subir a paso caminante un cerro, pirámide o volcán para ajustar los niveles a nuestra egolatría. Una vez alcanzada la cima, entre el jadeo y el asombro, no habrá más remedio que reconocerse en la justa medida. Subir para descender a las profundidades del ser. La sabiduría del cielo y las montañas habita en la mirada. Quien ha observado su inmensidad visible, confesándose humano, habrá de llevar consigo la profundidad y la expansión de su horizonte. Despojados de la presunción, el mareo llegará a su fin.
IV
En contra de la soledad malsana, existe un tónico infalible. De característica amargura e innegable oscuridad, el café servido a la mesa da lugar a la compañía del pensamiento y al feliz encuentro con el amor o la amistad.
¿Endulzado, al natural o lechero?, cada quien decidirá. En todo caso, el café modula cualquier diferencia, dando lugar al viejo arte de la conversación, tan curativo anímicamente como cualquier medicina al cuerpo.
V
Cuando la realidad es insuficiente y la fe exige su presencia en la razón, bastará encender una veladora. Su luz, en medio de la oscuridad, será el primer paso para (re)comenzar.
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Manuel
Gracias.