Murmullos Murmurantes

Por-no haber encontrado a Helmut Schmidt

Su nombre, que al pronunciarlo induce un cosquilleo en el paladar, él mismo lo escribió sobre la servilleta con la que me acababa de secar los residuos de cerveza en los labios, un papel con tenues lámparas de un marrón desteñido, en donde aún puede leerse “Helmut Schmidt”, aunque de manera difusa. Es por eso que conozco la ortografía precisa del nombre que nunca podré reproducir con el nativo acento germano. Lo anotó para que lo dijera después de él, lo hice en varias ocasiones y cada vez, sin excepción, escuché una ineluctable carcajada. Así de simpático debió sonarle el nombre espurio en mis labios.

Tiempo después, cuando ya no estábamos juntos, me dediqué a buscar información sobre él. Por Wikipedia me enteré de que Helmut Schmidt era un político alemán que pertenecía al Partido Socialdemócrata y que había ocupado varios cargos en el gobierno de ese país entre 1969 y 1982. Pero ese no era el Schmidt que yo esperaba encontrar. Ese viejo Schmidt había muerto en el 2015 a los 97 años de edad. El que yo buscaba era un espléndido hombre suizo que tenía 26 años cuando lo conocí en el 2010.

En realidad, una enorme preocupación subyacía a la búsqueda obsesiva en la red, me atormentaba el profundo temor de que saliera a la luz un video que, con mi consentimiento, me había tomado aquel hombre. Me asustaba la probabilidad de que mi rostro gimiente y deformado por la embriaguez del placer se exhibiera en algún cine porno suizo, aunque nadie me conociera por aquellas latitudes; o que algún conocido me platicara que lo había visto por allá –oye, no sabía que eras actriz–, me diría con la sonrisita morbosa, malintencionada. O, peor aún, que apareciera en las redes, que un día ese rostro grotescamente delirante surgiera con una etiqueta en mi muro de Facebook. Sinceramente, no eran probables tales posibilidades, porque mi efímero amante parecía muy confiable; sin embargo, siempre he considerado que las más aberrantes casualidades pueden suceder en la vida. 

En el video se apreciaba un austero cuarto de hotel iluminado débilmente, aunque, por la calidad de la imagen en la tal Leica, podían distinguirse varios detalles que no escapaban a la luz que irradiaba el televisor: las texturas impecablemente capturadas, los colores evidentes algo ensombrecidos, la dimensión de los cuerpos, los rostros. Esos rostros perfectamente identificables en cada uno de sus gestos. El video era una conjunción de formas, movimientos y sonidos de una evidencia innegable. 

Habíamos viajado a la imponente Sierra Gorda Queretana, a la que me referí como a los Alpes mexicanos; con una sonrisa burlona me dio a entender que no tenía idea de la absurda comparación que intentaba hacer ―One day, Im going to take you there―. Me llevaría a los Alpes Suizos según la promesa que me estaba haciendo, así me daría cuenta de que las similitudes entre ambas cadenas montañosas eran tantas como las que había entre él y yo.

En la obsoleta televisión que adornaba la habitación veíamos una película sobre un hombre que llega a un lujoso hotel, camina por los pasillos suntuosos y se encuentra con una mujer a la que se dirige como si la conociera, pero ella no puede ocultar su desconcierto frente al desconocido. Él intenta hacerla recordar que un año atrás, en ese mismo lugar habían tenido un amorío, le refiere datos precisos e incluso le muestra una foto, pero ella afirma no conocerlo. Una película excéntrica que nunca terminé de ver porque el supuesto Helmut la interrumpió cuando se paró desnudo frente al televisor con la cámara en la mano, comenzó un juego algo infantil. Él era siete años menor que yo, tal vez por eso, cada uno de sus gestos ante mis ojos se ostentaba infantil.

Se fue aproximando hacia mi rostro con la cámara puesta en el ojo y, movida por una ligera excitación, comencé a participar, a desnudarme en una ondulación suave y postergada de los movimientos. Me fui levantando hasta quedar de pie sobre la cama en una danza cadenciosa. Entonces él inició el descenso hacía el colchón, acariciándome con una mano, mientras sostenía la cámara con la otra, deslizando la imagen a lo largo de mi cuerpo. Quedó recostado sin dejar la cámara hasta que terminamos de desplegar nuestra intensa actuación.

Ilustración: Gisela Palma. gpalmanat@gmail.com

Era un video corto y eso era lo que me daba miedo, porque fácilmente podía ser publicado. El hecho se vislumbraba imposible, pero el temor permanecía con una intensidad variable, un día era una presencia borrosa en mi mente y al siguiente, se había convertido en una sombra densa que me orillaba a la línea en donde la cordura y la locura hacen frontera. Tanto lo busqué, más aún, lo invoqué con una fe apasionada, quería encontrarlo y convencerlo de que se deshiciera del video, de que lo borrara para siempre. Y si no aceptaba, entonces lo mataría. 

Otras veces me imaginaba que él ya estaba muerto y la tranquilidad lograba atar a mi mente desbocada. Me convencía de que esa era la única razón por la cual no me era posible rastrear a alguien tan joven en las redes. Era solo incertidumbre en lo que se había vuelto mi pensamiento ¿Cómo se puede conocer tan poco a alguien con quien se ha logrado tal intimidad? 

La última vez que lo vi fue el día en que lo acompañé al aeropuerto. Habíamos estado juntos durante un mes, viajando por varios lugares y terminamos en la Ciudad de México en donde él debía tomar su vuelo de regreso. Ese día nos levantamos temprano, el suizo había tomado la decisión de comerse una torta de tamal a pesar de mis advertencias sobre el riesgo que corría su salud ―quiero tomar el riesgo― me dijo. Y no se arrepintió de haberlo hecho, la guajolota de tamal frito lo había conducido al éxtasis, le agradeció al universo por la creatividad gastronómica mexicana, que no hace miramientos al enriquecer los carbohidratos con más carbohidratos. ―Te voy a dar mi dirección, hazme el favor de sellar al vacío una de estas cosas y me la envías por correo― me dijo con una jovialidad disfrazada de convicción, pero no me dio la dirección. 

En el aeropuerto fuimos al VIP´S a tomar un café mientras anunciaban el abordaje, pedimos un bagel, cuyo bocado, al entrar en su tráquea tomó un camino fallido por efecto de un excelente chiste mío. El hipotético Helmut se estaba atragantando, creí que pasaría rápido tras una o dos tosecitas, pero no fue así. Comenzó a asfixiarse, su mirada húmeda y desesperada estaba clavada en mis ojos, no pedía ayuda, era una mirada que de alguna manera me reclamaba una muerte absurda. Yo grité para pedir auxilio pero desde mi percepción nadie me escuchaba, me sentía sola sin saber qué hacer, de pronto sus ojos se cerraron y cayó inconsciente al piso. En ese instante se rompió la burbuja carente de sonido y movimiento en la que me parecía que habíamos estado. Entraron los paramédicos del aeropuerto y le realizaron una maniobra que lo hizo toser de inmediato, se levantó y, colorado todavía, siguió tosiendo con la respiración agitada, los ojos y el rostro rojos. ¡No había muerto! corrí a abrazarlo pero me apartó de él. Los comensales y empleados del restaurante se habían acercado, no para ayudar, sino movidos por el morbo; cuando vieron que había sobrevivido se dispersaron. Superamos el incidente sin rencores.

Lo acompañé a la puerta de abordaje y nos despedimos. Él seguía algo turbado y me daba la sensación de que me echaba la culpa por casi haber muerto de una manera completamente ridícula al final de su viaje a México, cuando ya había sobrevivido al secuestro, al narco, a las redes de trata, a todo lo que le habían advertido esos pinches otros suizos. Y, estar a punto de morir por asfixia gracias a una broma en extremo estúpida… en fin, nos abrazamos y aún así me dijo que me quería y que sabía que pronto nos volveríamos a ver. Yo presentía con nostalgia que no volvería a verlo nunca. 

Tiempo después me acordé del video y dije “¡verga! tengo que encontrarlo”. Cuando la imaginación me ofrecía las opciones más absurdas, pensaba, incluso, en conseguir dinero para ir a buscarlo a la misma Suiza, sin tener un referente, una dirección, nada. No toleraba la idea de que la gente me viera desnuda, de que los rincones dilatados de mi cuerpo se hicieran públicos, de que escucharan mis gemidos, mis frases grotescas, dignas del más pedestre reguetonero. Ese video contenía mi rostro, mis gestos, ¡maldita sea! por qué había aceptado que me grabara. Ni siquiera me lo había cuestionado en ese momento, no había considerado ninguna consecuencia, simplemente me sentía la protagonista de la película, estaba excitada. Me moría de la angustia, buscaba y buscaba pero no había ningún Helmut Schmidt que no fuera ese asqueroso político alemán. ¿Qué iba a pasar cuando lo vieran mis padres, mis hermanos, y la gente de la universidad? ¿Qué iba a suceder? ¡Toda mi reputación se iba ir al carajo! 

Un día decidí terminar con esa angustia y la única manera de lograrlo fue destruir yo misma mi reputación. Nunca apareció el Helmut que buscaba, pero encontré una empresa de pornografía de humilde calidad, aunque con la popularidad suficiente para darme a conocer antes de que lo hiciera aquel suizo inmaduro que me había engañado con un nombre falso, si el mundo me iba a descubrir en la más descarada de mis actuaciones, en donde mi intimidad se vería reducida a polvo frente al viento, la causante iba a ser yo. El fin de la angustia acababa de llegar para darle paso a una vida desahogada cuya intimidad dejaba de ser aquel tesoro ferozmente resguardado. 

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