Amanda Gorman ascendió al estrellato literario con el enérgico recital de su poema La colina que escalamos durante la investidura de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos, éxito que repitió con la lectura conmovedora de Coro de capitanes, dedicada al personal médico que combate la pandemia en su país, con lo que dio inicio a la transmisión del súper tazón LV.
El impacto provocó que editoriales de todo el orbe se dedicaran a la publicación de La colina que escalamos. Antes del inicio de la empresa, Gorman aprobó a los traductores sugeridos; sin embargo, en Holanda tuvo lugar una discusión sobre la elección de Marieke Lucas Rijneveld como traductora por la diferencia de perfil con la autora: que no fuera activista, que no practique la poesía escénica y principalmente porque Gorman tiene la piel negra mientras que Lucas la tiene blanca. No paró ahí, al traductor catalán Víctor Obiols después de que entregó su trabajo, los agentes de la poeta le rechazaron prácticamente por ser un hombre blanco.
Es innegable que cada país padece a su modo de discriminación por raza, género, preferencia sexual, clase social y demás motivos dentro de su propia realidad histórica; como muestra en México atestiguamos el arresto de Victoria Esperanza Salazar Arriaza, migrante salvadoreña con visa humanitaria, quien fue víctima de la brutalidad de la policía de Tulum. ¿Si Victoria hubiera tenido tez clara o una situación social acomodada le hubiera sucedido lo mismo?, claro que no.
La situación con el debate de la traducción gormaniana es que deja de lado el problema de fondo: la falta de políticas públicas o partidas presupuestales dirigidas al combate de la discriminación y en cambio está enfrascado en los perfiles personales de cada traductor. Si llevara al extremo el argumento de que sólo una persona similar a un autor puede traducirlo, caería en el absurdo de que se necesita alguien contagiado de la peste negra para que interprete los textos escritos durante la edad media.
Asimismo, la discusión también desestima el valor literario que tiene la traducción. El acto implica desentrañar la esencia de lo escrito en una lengua para trasladarla a otra con auxilio de los referentes, cargas y ambigüedades de cada lenguaje. Más allá de su raíz etimológica, la traducción no traiciona, arma puentes entre las diferencias de las lenguas, sobre las distinciones de los pueblos y vincula, por encima de sus orígenes y experiencias, a escritores y traductores con su madre en común: la Literatura, políglota y universal.
Dado el caso que fallemos en traducirnos, entonces tampoco podremos leernos ni escribirnos, ¿de ahí cómo hablaremos, cómo construiremos en común? Babel en efecto habrá caído.
Sin controversia, Marieke Lucas Rijneveld decidió retirarse del proyecto y a manera de despedida escribió el poema titulado Todo lo habitable que dedica a Amanda Gorman. Copio unos versos de la traducción de Bárbara Mingo:
«… Nunca has perdido esa resistencia y aun así eres capaz de captar cuándo un sitio no es tuyo, cuándo debes arrodillarte por un poema porque otra persona puede hacerlo más habitable; y no por rechazo, no por desaliento, sino porque sabes que hay tanta desigualdad, tanta gente aún discriminada, lo que quieres es fraternidad, quieres un puño, y puede que tu mano no sea aún lo bastante fuerte, o puede que primero debas coger la mano ajena para reconciliaros, necesitas vivamente sentir la esperanza de que estás haciendo algo para mejorar el mundo, aunque esto no debes olvidarlo: después de arrodillarte vuelve a levantarte y haz que nuestras espaldas se enderecen juntas».