Murmullos Murmurantes

Tanquecito de aliento

Ayer platicaba en la oficina con Carlos y caímos en cuenta que, desde hace un año, en las conversaciones la muerte y la enfermedad se encuentran latentes. Las preguntas más comunes son “¿Ya te enteraste que Antonio está contagiado?, o ¿Ya te enteraste que Laura está intubada?, seguidos de los pensamientos de la última vez que los viste porque te sabes en la línea de peligro: cuentas los días del último encuentro, recuerdas sus/tus probables síntomas y haces conexiones entre las personas con las que tuvieron contacto en común. Después viene la peor reflexión: las personas que probablemente contagiaste. Pasados los cálculos llenos de silencios expectantes, el día sigue y la pandemia se vuelve a ocultar.

Durante la segunda ola de contagios, diciembre y enero pasados, mis papás, primos y amigos cercanos se enfermaron y casi todos salieron adelante, pero hubo otros que murieron. De mi familia, solo mi padre se puso delicado, requirió oxígeno y medicamentos continuos. A mi madre no le fue tan mal, se la pasó durmiendo y solo tuvo síntomas leves: dolor de cabeza, cansancio y un poco de cuerpo cortado. Entre ella y yo hicimos equipo para estar al pendiente de mi papá, pero había momentos en que madre, tal como si tuviera un interruptor, el bicho lo oprimía y ella se apagaba.

He de sincerarme, no quería ir a casa con ellos, no quería enfrentarme al virus cara a cara ¿Qué me pasaría si enfermaba? Me encontraba en otra casa en las afueras de la ciudad pidiéndoles a los dos los niveles de temperatura y oxigenación. Dejé a mi mamá que hasta ese momento no tenía síntomas que se encargara de todo. Fui egoísta, lo sé. Por las noches, no podía dormir sabiendo que ellos estaban enfermos. Un día por la mañana vi una foto de mi primer cumpleaños, ambos me sostenían frente al pastel. Mirar brevemente la foto me despertó, hice mis maletas y partí con mis papás ¿Qué diablos estaba pensando? ¿Cómo los dejé solos?

La atmósfera de la casa era gris cuando llegué. Sobre la mesa se encontraban las cajas de medicamentos mientras el árbol de navidad remataba el encuadre. Los tosidos de papá eran los únicos que se escuchaban y madre estaba en mi habitación sin energía, el virus por fin la había alcanzado. ¿Por qué tarde tanto?

Es horrible depender de un número. Mis papas veían su oxímetro y el termómetro a cada instante. Se volvieron adictos a checarse los niveles de oxigenación y de temperatura y yo a preguntar. Un día la oxigenación de mi padre dejó de estar en noventas para convertirse en ochentas. Me mandó una foto por WhatsApp de un horrible 88. Se la mandé a Victoria, la doctora, quien me mandó conectarlo al oxígeno inmediatamente. No tenía idea de lo que me esperaba.

Días antes me prestaron un tanque de 960 litros con el que pensaba me sobraría oxígeno para regalar. En la primera tanda, a mi padre le mandaron tres litros por minuto, es decir, mi fortuna de oxígeno duró más o menos cuatro horas. C u a t r o   h o r a s. Después, pensaba que sería rápido el refill del tanque, pero cuando llegué al surtidor de oxígeno de Infra el color se me fue. Había como cien personas formadas. El éxodo comenzó.

Hacía mucho tiempo que no había sentido tanto frío en la ciudad, diciembre de 2020, enero y febrero de 2021 fueron gélidos, por lo que me iba bien abrigado a llenar el tanquecito de aliento para mi padre. En la fila fue inevitable platicar con las personas que estaban adelante o atrás. Pedro, quien estaba atrás de mí, venía a comprar cinco tanques de 690 litros para unos amigos que se contagiaron y estaban aislados. Jonas, el de enfrente, venía con seis tanques como los míos porque toda su familia necesitaba oxígeno ¿Cuánto duraban esos seis tanques? Pregunté. Sus papás necesitaban flujo alto de 10 litros por minuto, por lo que apenas le duraban una hora. ¡¿Qué?! Grité en mi mente mientras veía mi tanquecito vacío. Me explicó que había tanques de dos metros de dos mil o tres mil litros, pero que no había abasto y por eso tenía los tanques pequeños, era mejor eso a no tener nada ¿Cuánto duraban esos mega tanques? Dependía de lo que necesitara el paciente. Él se la pasaba todo el día en la fila, cuando llegaba a casa con los llenos, los dejaba y se regresaba con los vacíos. Luego, pensé que si Jonas tenía a toda su familia infectada, era probable que estuviera igual. Por más que intentaba no hablar, la conversación seguía y seguía. 

Me dejé llevar pues de todas formas me creía también infectado. Fue un acierto porque me enseñó a conectar la cánula a la válvula y la válvula al tanque, así como a verificar que hubieran rellenado el tanque, porque había lugares donde solo los llenaban a la mitad. Después de hora y media, al llegar al área de refill, a Pedro le dijeron que solo le podían vender un tanque por persona. Ni se despidió. Lo compró y corrió. Nosotros tuvimos que esperar otros veinte minutos en lo que rellenaban los tanques. Al partir, Jonas dijo: “No te quedes sin oxígeno, consigue otros tanques porque si te hacen falta, se muere tu papá”. 

Siguiendo las indicaciones de Jonas empecé a buscar. Los tanques como el mío estaban en siete mil pesos, pero en el Infra no había más que el concentrador de oxígeno, que estaba en setenta y tres mil… pos ni cómo. En el mercado negro del Facebook y mercado libre, los tanques de 690 litros rondaban los trece mil. Estaba ideando donde vender un riñón para comprar al menos otros dos tanquecitos cuando me llegó un mensaje de Ángeles, una buena amiga, que se había enterado del contagio de mis padres. Además de querer enterarse del chisme, me ofreció dos tanques iguales al mío. Nunca me ha gustado pedir o aceptar favores, pero fíjense que el sí se resbaló muy rápido de mis dedos. Por la noche, ya tenía tres tanques cargados y listos para al menos doce horas continuas. Sinceramente no sé qué habría hecho si mamá también hubiera necesitado oxígeno.

A mi padre le daba miedo conectarse al tanque porque se sentía en la antesala de la muerte. A pesar del virus flotando en la recámara, entré para explicarle que el conectarse al tanque era para ayudar a sus pulmones a oxigenar bien. Le enseñé como regular con la válvula los litros de oxígeno por minuto, como colocárselo en la nariz y como cambiar la válvula de un tanque a otro. Todo esto lo hacía con calma y trataba de reír, no podía transmitir el nudo de terror que traía en el cogote.  Al salir del cuarto, me rociaba el cuerpo con sanitizante y la cara con alcohol. A pesar de pensarme enfermo, nunca dejé de usar cubrebocas, el cual saliendo del cuarto de papá también era sanitizado.

Los días pasaron lentos y las noches eran las más difíciles. Escuchar la tos constante y los chiflidos en cada inhalación y sus jadeos me mantenían con los ojos abiertos mirando el tildar de las luces del arbolito. Intentaba leer, ver películas y series, pero no lograba concentrarme. Cuando la fatiga me vencía, entre sueños me forzaba a despertar, no podía perder a mi papá por estar dormido. A pesar de amar al silencio, durante ese tiempo era el peor acompañante. Al no escuchar nada, sin dudarlo, corría de puntitas al cuarto para saber si seguía respirando. Abría con mucho cuidado la puerta, porque por la ansiedad él tampoco dormía. Cuando lo escuchaba, tranquilo me iba al sillón de la sala a seguir “descansando”.

Gracias a Carlos encontré otro lugar para abastecerme de oxígeno. Era muy rápido el refill, más barato, y volvió más leve mi peregrinar. Lo malo era que no abrían los domingos. Salvo los primeros fines de semana, gracias a que mi padre no agravó, podía programarme para tener los tanques bien llenos y no enfrentar el domingo sin oxígeno, porque déjenme decirles que eran días de terror.

El Infra, e imagino que otros pocos, nunca cierra, pero todos los demás centros de oxígeno sí. ¿Eso qué quiere decir? Que los domingos de enero, febrero y marzo la fila serpenteaba por la colonia Escandón. ¿Recuerdan que se incendiaron las oficinas del metro? Ese fue el peor domingo que viví. Trescientas personas en la fila, cada una era una velita de esperanza para alguien o alguienes que se estaban muriendo. –Cada enfermo tan importante como el otro–. Luego, dejaron de surtir porque se acabó el gas con la promesa que llegaría más tarde. Había pocas conversaciones y muchas llamadas a casa. Unos pocos se fueron, los demás, nos quedamos allí. Esperando, esperando, esperando. Nunca me quitaré de la cabeza a la gente que, a pesar de ser temprano y ya tener los tanques llenos, por la falta del metro no podía encontrar cómo llevar el oxígeno a su ser querido. Ni un taxi, ni un Uber, nada. Era una tortura tener el gas, pero no tener como llevarlo a casa.

Además del oxígeno, iba y venía de mi casa buscando medicamentos. En algunas partes encontraba el jarabe, en otros paracetamol y en otros las vitaminas. No crean que llegaba e inmediatamente los compraba, también era formarme por quince o treinta minutos. Los antibióticos eran un dolor de cabeza porque además del desabasto, en las farmacias San Pablo no aceptaban las recetas electrónicas que me mandaba la doctora por lo que, penando iba a otras esperando que si me surtieran.  Aunque nunca se me hizo pesado todo el trajín de la medicina y el oxígeno, fríamente me ponía a pensar que al menos se iba a resolver rápido, en un mes o dos mi padre estaría fuera de peligro o en la tumba ¿Cómo le harán las personas con cáncer o con otras enfermedades que duran años? Ir y venir por el oxígeno, por los medicamentos, llevar al paciente al hospital. El enfermo sufre y mucho, pero el desgaste emocional de las personas que cuidan a su paciente es muchísimo. Luego, pensaba en las cuentas de los hospitales y lo caro de los medicamentos. Un médico me había dicho que para salir del Covid era carísimo y es verdad. En un día podía gastarme, de antibióticos, vitaminas y analgésicos para mi papá cinco mil pesos C I N C O M I L P E S O S. Si recargaba los tanques eran otros quinientos.  Si no hubiéramos tenido ahorros, se nos muere el Don.

Un día, por ahí de la segunda semana, regresado de ir por oxígeno a las siete de la mañana recibí una llamada. Germán, un amigo, me marcó para saber cómo estaba y para darme ánimos. Me contó un chiste y colgó. Lloré de la risa, la llamada de treinta segundos de duración me cambió el día, me alegró y dio nuevos bríos. Me sacó por unos segundos de la ansiedad. No les cuento el chiste porque se volvió íntimo para mí, por más simple que es. Entendí porque Jonas no paraba de hablar, necesitaba salir un poco de lo que estaba viviendo y el ser escuchado fue un desahogo para él.

Mientras, como estábamos en semáforo rojo se supone que los “sanos” estaban en confinamiento. Recuerdo un sábado que, después de encontrar un antibiótico en la Condesa, pasé por el parque México… estaba a reventar… los animalovers con los perros, había un partido de fútbol en el foro y no crean que todas las personas traían cubrebocas. Creo que por ahí vi a Gatell… Los restaurantes, bajita la mano, llenos. Me hicieron envidiar la despreocupación y me dieron ganas de quedarme y olvidar todo, llamarle a mis amigos y tomarnos un café o pasear por el parque.

Mi padre tardó en salir, pero salió. Tuvo secuelas pulmonares que hasta ahora se le están quitando. Madre solo tuvo cansancio. Días más tarde ya estaba totalmente recuperada y ya avienta la chancla sin ningún reparo. Cuando ambos estuvieron fuera de peligro fue mi cumpleaños. Mi vista estaba en ellos y les juro, me creció un nudo en la garganta mientras me cantaban las mañanitas. No podía creer que la hubiéramos librado, que los tanques de oxígeno me hubieran caído del cielo, que tuvimos dinero para estar comprando medicamentos y que finalmente no me contagié. Aguantándome las lágrimas, me levanté y los abracé a los dos.

Mis padres no fueron contabilizados por el registro oficial porque nunca se fueron a hacer la prueba a un kiosko del gobierno. Padre perdió el olfato y ante ese síntoma no hubo duda. Los mandaron a aislarse y a no salir para no andar poniendo en peligro a los demás. Mi amigo Luis y su mamá sí fueron a hacerse la prueba y salieron positivos. Solo les dieron un kit de paracetamol, azitromicina e ivermectina y Luis tuvo que ir por el kit a un Centro de Salud. Contagiado, con cansancio y dolor de cabeza andaba en la calle. Afortunadamente ellos salieron rápido y no requirieron más, pero las personas que agravaron y que no tenían ahorros ¿Cómo le hicieron? Recién me enteré que Tere, una amiga del trabajo, estuvo contagiada junto con su esposo. Me contó que ni su familia ni amigos vieron por ellos, los trataban como apestados tanto que ni siquiera se acercaban a darles un pan, por lo que pasaron mucha hambre porque el cansancio los mantuvo tirados. Ésta pandemia ha sacado lo peor y lo mejor de la gente… de tu familia… de tus amigos. Me di cuenta de lo afortunado que fui por recibir ayuda sin pedirla. No saben cuan agradecido estoy con Ángeles por los tanques de oxígeno; con Jonas por haberme coucheado cuando no tenía idea de lo que se me venía; con Carlos, por haberme pasado el contacto de un lugar donde podía encontrar el oxígeno sin tanta fila; con Victoria, la doctora que sacó adelante a mis papás y finalmente con Germán, porque su llamada me cambió el ánimo y me dio aliento.

¿Saben? Pasado el peligro veo a las personas formadas en la farmacia o en el oxígeno y me siento culpable por no estar allí esperando. Siento vergüenza con la gente que tiene familiares intubados o que tiene una pérdida por haberla librado, por haber sido afortunado. El trabajo me ha regresado un poco de normalidad, pero las conversaciones me recuerdan que esto todavía no acaba. Las filas cada vez están siendo más largas y el contagio está a la vuelta de la esquina. Ayer presté mi concentrador de oxígeno al papá de Mauricio, hoy me enteré que José está contagiado y le marqué para hablar con él y echarle ánimos. A ambos les compartí el lugar donde llenaba mis tanquecitos de aliento. Aunque parezca que la vida ya volvió a la normalidad, no es verdad, el virus sigue, está vivo y mutando. El gobierno ya dijo que no va a cerrar nada, porque tampoco es fácil, si no te mueres del virus, te mueres de hambre. A pesar de las vacunas la gente sigue enfermando y agravando. Todavía no hay un medicamento que mate al Covid 19, por lo que solo nos queda usar cubrebocas, no salir si no es indispensable y lavarnos las manos continuamente.

Si estás pasando por algo similar quiero decirte que tú puedes, pasa un día a la vez, no lo pienses, solo hazlo. La friega que te estás llevando no es friega cuando lo haces por amor.

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