Columna

Una mirada a las reflexiones sobre la maternidad en la literatura mexicana contemporánea 

           El embarazo, la maternidad, la paternidad y las diferentes formas de crianza son temas sobre los que leo e investigo. Me interesan por su carga histórica, por su carácter ajeno, por la gestación y el desarrollo de un vínculo duradero e increíblemente fuerte. Lloré leyendo las primeras páginas de Literatura infantil, de Alejandro Zambra, ocupadas por los escritos correspondientes a los primeros días de vida de su hijo, y no puedo evitar sonreír cuando en Instagram me aparece algún Reel de unx niñx jugando, riendo o diciendo algo sumamente ingenioso. 

           Para nadie es un secreto que el embarazo y la maternidad, en relación con la autonomía de las mujeres, se ha explorado mucho en la literatura contemporánea, tal como en su momento ocurrió (y sigue y seguirá ocurriendo) con el deseo y la sexualidad femenina. En meses recientes leí Línea nigra, de Jazmina Barrera, y Fruto, de Daniela Rea Gómez, ambos textos ensayísticos en los que estas dos escritoras mexicanas reflexionan acerca del embarazo, la maternidad y los cuidados. Son libros de mujeres que decidieron ser madres y que ponen en evidencia y cuestionan los mandatos e ideas preconcebidas que rodean estas experiencias, si bien sumamente comunes, igualmente arduas. Jazmina lo hace desde su experiencia personal, mientras que Daniela, por medio de entrevistas, añade a su historia con la maternidad la de un coro de voces femeninas distintas. 

           Durante mucho tiempo, el embarazo y la maternidad se han representado desde una gran cantidad de producciones culturales (y desde la publicidad, claro) como procesos felices, aparentemente indoloros y sin grandes inconvenientes. Hemos visto reproducida un sinnúmero de veces la imagen de una madre que desde el primer instante ama a su hijx de manera incondicional, que posee todos los recursos para criarlx de manera plena y que, además, lo hace con el mejor de los ánimos. Es una puesta en escena ideal, falsa para la gran mayoría de las mujeres, y un imperativo muy extendido: la buena madre, la amorosa, la que no se queja, la que está siempre disponible para su o sus hijxs, la que todo lo puede. 

           Dejando de lado los propósitos sociales y políticos alrededor de esta construcción, no deja de ser llamativo cómo los aspectos menos favorables y más problemáticos de experiencias tan comunes permanecen sin hablarse, escondidos incluso entre las mismas mujeres que ya son o están próximas a ser madres. En Línea nigra, Jazmina Barrera escribe que el embarazo es muy similar a estar enferma; al igual, menciona que ninguna de las mujeres con las que convive, madres también, le advirtió acerca de la serie casi inagotable de síntomas físicos y psicológicos que surgirían desde el inicio hasta el término del embarazo. Sus observaciones evidencian el mutismo que suele rodear las partes menos halagadoras de la gestación y desmantelan la perspectiva romántica con que se nos ha enseñado. 

           Ya desde el siglo XX, diferentes autoras latinoamericanas señalaban, mediante su trabajo literario, los inconvenientes de esta condición. Pienso en las palabras de Rosario Castellanos en su poema “Se habla de Gabriel”, un imprescindible: “Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba / ocupando un lugar que era mi lugar, / existiendo a deshora, / haciéndome partir en dos cada bocado. / Fea, enferma, aburrida / lo sentía crecer a mis expensas, / robarle su color a mi sangre, añadir / un peso y un volumen clandestinos / a mi modo de estar sobre la tierra”. En Alfonsina Storni, Blanca Varela y Gioconda Belli también podemos encontrar el tema del embarazo trabajado poéticamente, siempre desde una perspectiva corporal. 

           Uno de los imperativos sociales más importantes de la maternidad, y quizás el más estricto de todos, consiste en la intensidad del amor que una madre debe sentir por su o sus hijxs. No dar la vida por ellxs es razón suficiente para la reprobación (incluso repudio) social. En Fruto, Daniela Rea Gómez transcribe algunas de las entradas del diario que llevó durante los primeros meses y años de vida de sus hijas. “Hoy cumples un mes de nacida y yo todavía no te amo”, aparece en una página. Cómo es posible que una madre no ame de inmediato a su hija y que encima se atreva a escribirlo, podría pensarse. La misma autora lo resuelve unas páginas después: “Nos enseñan que el amor por una hija es automático, por tanto, si no lo sentimos cuando tenemos al fruto de nuestro vientre en brazos algo no está bien en nosotras”. 

           No es gratuito el abanico de expresiones y formas que tenemos para referirnos a las mujeres que no alcanzan la vara de la perfección maternal, o a las que sencillamente no les interesa la labor de la crianza. Términos como “madre desnaturalizada” o el famoso instinto maternal, son presupuestos en absolutamente todas las mujeres. Hay que pensar nuestras ideas en torno a la maternidad como eso: ideas, y en tanto ideas, construidas históricamente, con finalidades económicas, políticas y sociales específicas. Ideas que, como hasta el momento han ido transformándose, adoptan nuevas connotaciones y abandonan otras, resignificándose, así lo seguirán haciendo. 

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           “En los momentos de amamantar, la mujer sigue dando vida, de su propia vida, de su tiempo, sus brazos, sus pechos y su fuerza, para alguien más”, se lee en Línea nigra. Estas palabras ilustran el cuidado y el sacrificio presentes en el cuerpo de la madre, quien da la vida y además la nutre, quien alimenta ese cuerpo ajeno con el cuerpo propio, tanto durante el embarazo como después del parto. 

           Tanto Jazmina Barrera como Daniela Rea Gómez insisten en los cuidados; los de la madre hacia lx hijx, por supuesto, pero también aquellos que rodean a la madre: el que proporcionan mediante su compañía y apoyo las hermanas, las tías, las abuelas, las propias hijas, las nietas. En los textos hay presente una idea del linaje femenino, una suerte de genealogía de los cuidados que se extiende entre generaciones como un vínculo extremadamente fuerte e incondicional. Por eso Daniela Rea Gómez no se interesa únicamente por las madres, sino también por las hijas (consanguíneas o no), las amigas, las vecinas; en suma, todas aquellas que cuidan y han sido cuidadas. Por eso Jazmina Barrera escribe: “Tengo la sensación de que yo también tuve este hijo para ellas, para mi madre, mis tías y mi abuela. Como una ofrenda. Lo tuve para ellas y lo tuve por ellas, porque sé que están ahí incondicionalmente”. 

           La maternidad se plantea e hila en Fruto y Línea nigra desde ángulos más amplios y nuevas aristas, muy fructíferas para hacernos preguntas, poner en duda nuestros prejuicios y complejizar nuestras ideas alrededor de la gestación y la crianza. Son textos sumamente valiosos en tanto que exponen los lados menos luminosos (en las distintas acepciones de la palabra) de estas experiencias y, en vez de agotarse en ellos, los usan de puente para generar reflexiones, para proponer diálogos, para explorar enfoques. Para construir un esbozo de maternidades reales: frustradas, alegres, conflictuadas, amorosas, rebasadas… dignas. 

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