por Civis Utrera
Reseña de la obra La Vecchiaccia de Diego Cárcamo, a partir del monólogo de Stefano Benni en La Beatrici. Traducción Bruno Perseo.
Se abre la escena: una nota acústica de melancolía masculina y una dulce, seductora espalda femenina. Ella, entre los acordes de una balada italiana, se regodea en el amor de dos jóvenes, fuertes, promesantes. Un amor eterno que después, como todo lo invisible, se pierde.
Todo es comunicación silenciosa y romántica. Un ambiente campirano, una escena muda ofrecida a nuestros ojos. Pero el romance se vuelve tragedia: soldados fascistas irrumpen y matan al amante. Ella queda sola, con un sueño frustrado que se pierde en el tiempo, mientras su cuerpo y su memoria siguen caminando.
Años después, esa herida sigue abierta. La mujer envejecida rememora entre melancolía y olvido. Habita un cuerpo grande, torpe, sobrepasado por los años. Vive en un cuarto de asilo que parece repetirse todos los días. Ese espacio escucha, como un eco constante, el discurso cotidiano de la vieja quejumbrosa y malhumorada: la Vecchiaccia. Compite tristemente con la juventud de su cuidadora, una joven encargada de bañarla, alimentarla y darle medicamentos. Esa joven que también escucha —cansada— la historia de un amor perdido. Tal vez, en secreto, también reconoce en esa historia una falta de amor propia.
Entre ambas mujeres se da una rivalidad. Se confrontan sus cuerpos, sus épocas, sus abandonos. Una ya olvidada por todos. La otra, tal vez, ya empezando a serlo. En los reclamos de la anciana resuena una juventud marcada por la entrega amorosa y el abuso familiar. En el fastidio de la cuidadora, el miedo inconsciente a ese mismo destino.
Y quizá, sin darse cuenta, ambas estén asiladas. Una por los años, la otra por la resignación.
Todo ocurre bajo una atmósfera de notas melancólicas, cantos italianos y un espacio escénico casi vacío, bañado en luz tenue. El presente y el pasado se entrelazan. La música en vivo —a cargo del grupo Los Gallardos— viste de nostalgia a los personajes.
“La Vecchiaccia” es una obra profundamente contemporánea. Aborda temas como la vejez, la soledad, la memoria y el deseo, desde una sensibilidad desgarradora.
Bruno Perseo interpreta a la anciana. Actor y cantante, también es el traductor del texto original de Stefano Benni. En escena, Bruno se permite una vulnerabilidad que cruza géneros y épocas. Él mismo se ha descrito como un “usurpador de la feminidad”, pero lo que logra transmitir en escena es un gesto de entrega y respeto. Su sensibilidad emociona.
Valeria Téllez interpreta a la Vecchiaccia en su juventud y a la cuidadora. Después de un tiempo lejos del escenario, vuelve a romper la dulzura que la define fuera de escena para asumir una crudeza que incomoda. Su personaje expresa hartazgo, frialdad, casi crueldad. Una sombra del abandono que vive también la anciana.
Alejandro Arreola, además de actuar, forma parte de la banda en vivo junto a Julián Sánchez, Jonathan Salazar y Roberto Moreno. Ellos aportan una capa emocional que sostiene la narrativa desde lo musical.
La dirección es de Diego Cárcamo, quien convierte el monólogo original en un diálogo dramático. Esta es su ópera prima, y lo que logra es un tejido escénico que une a las generaciones, lo tangible con lo onírico. Para Diego, la vejez es un recuerdo que también puede ser deseo.
Todos los involucrados —actores, músicos, director— comparten algo en común: un profundo amor por el arte. Ese amor se siente en cada gesto, en cada mirada, en cada acorde.
La Vecchiaccia es una obra que no solo se mira: se queda. En la piel, en la memoria, en las preguntas que nos hacemos sobre lo que fuimos, y lo que quizá aún podemos ser.



