Yo era muy pequeña pero recuerdo bien el día en que doña Camila me embrujó. Sucedió durante unas vacaciones en las que mi mamá y yo visitamos a la abuela en ese pueblo de la montaña, lo hacíamos cada verano. La abuela era solitaria, nada cariñosa y muy desconfiada, de esas personas que se la pasan cuidándose de los demás.
Ese día, mientras jugaba, escuché cuando llamaron a la puerta y mi abuela sin preguntar quién era, abrió.
Se escuchó una voz temblorosa— ¡Hola Socorrito!—, pero Socorrito no respondió, yo corrí hacia la puerta para ver de quién se trataba.
Al estar frente a ella quedé helada junto a mi abuela, sin decir una palabra. Era una señora muy vieja, gruesa y caderona que mostraba una sonrisa llena de pliegues. Tengo un recuerdo diluido de sus facciones, pero, lo que no olvido es su tatuaje derretido por el fuego del tiempo en el brazo izquierdo, era una flor verde que parecía una gelatina a medio cuajar. Me impactó porque no era una viejecita convencional como mi abuela.
—Te traje un obsequio, ¿Cómo estás? ¿Por qué no vas a visitarme un día, Socorrito? Me siento muy sola—.
Le dijo ofreciéndole una charola que contenía una tarta. Mi abuela Socorrito, con su parquedad característica, tomó la charola y agradeció con frialdad; entonces, la señora se despidió con la sonrisa permanente, mi abuela cerró la puerta y colocó el obsequio sobre la mesa, me volteó a ver y dijo:
—¡Ni se te ocurra probarla! Camila es una vieja bruja que seguro quiere envenenarnos—.
— ¡Pero huele rico, abuela!—le contesté ya hipnotizada por el aroma, ella me amenazó seriamente con los ojos.
Yo quería saber más sobre la peculiar viejecita, quería saber quién era, así que comencé a bombardear a mi abuela con preguntas, pero sólo una de ellas me fue respondida.
— ¿Que por qué tiene un tatuaje? Pues porque pertenecía a la vida alegre, ¡por eso!— contestó irritada y se marchó. Yo en mi inocencia no alcancé a entender por qué mi abuela despreciaba tanto la vida alegre, recuerdo haber pensado que cuando creciera iba a elegir la vida alegre y no la vida triste y amargada que tenía ella. Muchos años después comprendí a qué se refería.

Al parecer, doña Camila sí era una bruja, porque ese olor que había dejado era hechizante; flotaba en el aire magia perfumada de canela, azúcar, nueces, vainilla y leche tibia. Era un atentado infalible a los sentidos, para mí, una nube de algodón de azúcar, un cerro verde de cítricos y una cascada de miel de maple cuya brisa se mezclaba con la luz de un sol aromático, para formar un arcoíris de sabores, así me supo la deliciosa tarta. Su consistencia era como de mousse pero más sólido, entre la crema y la mantequilla, ¡uf! Aún lo recuerdo. Cuando mi abuela regresó y vio que yo había degustado la tarta, quiso obligarme a vomitar pero apareció mi madre, quien la probó para convencerla de que no había veneno en el obsequio.
—Hagan lo que quieran, ¡pero yo no la pruebo!—. Y se fue refunfuñando.
Más tarde, supe por mi madre que Camila era la madrastra de mi abuela. Sucedió que había trascurrido tan sólo una semana de la muerte de su madre cuando mi bisabuelo la llevó a vivir a su casa, por eso la odiaba, nada más por eso. La verdad era que doña Camila nunca había sido mala con ella. Por prejuicios en el pueblo nadie la quería, simplemente no era una mujer de su tiempo. Cuando mi bisabuelo murió, Socorrito se fue de la casa de Camila, vivían en el mismo pueblo pero no se frecuentaban.
A mí me había hechizado, yo quería hablar con ella, que me contara historias de su juventud y me trasmitiera la receta secreta de su tarta, me imaginaba que juntas la horneábamos, ¡qué ganas de que ella fuera mi abuelita! desafortunadamente no me lo permitieron y regresé muy triste a casa. ¡El próximo verano sería diferente!
No tuvimos que esperar al verano siguiente para regresar a la montaña debido a que la abuela murió en el invierno de ese mismo año. Sobre mi tristeza se asomaba cierta emoción por ver a Camila nuevamente. A mi corta edad sufrí el dolor de la pérdida; cuando entré en la casa me encontré no sólo con el cuerpo de Socorrito, ahí también estaba el de Camila.
Habían muerto por envenenamiento, no se investigó más, ya que se trataba de dos viejecitas que probablemente habían acelerado su partida, cansadas ya de la vida. Las habían encontrado en la casa, pálidas con los labios morados, después de haber comido algo delicioso, sublime, a juzgar por la felicidad de sus rostros. No sólo mi abuela sucumbió, también Camila lo hizo ante el cúmulo aromático de especias que desprendía ese secreto de trigo horneado con caramelo y nata, relleno de frutos frescos multicolores que ella misma había preparado.
Mi madre lloraba inconsolablemente a su madre, mientras yo lo hacía por Camila, había muerto sin contarme las historias de su vida alegre y sin trasmitirme su secreto.
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luna
que bonito cuento!