Una gota de agua sobre una hoja es infinita.
Esa gota de agua en esta hoja, ahora, en este instante.
Chantal Maillard
Evocadores de instantes, tanto el fotógrafo como el poeta son capaces de enmarcar el vuelo del pensamiento, así como de crear una ilusión que capture lo vivido para volver a él cuantas veces sea necesario. Ambos, comparten en su mirada la profundidad de lo inadvertido. Ahí, en detenerse a conciencia de que lo observado es más que la superficie, es donde inicia la fotopoesía.
I
LA CONTEMPLACIÓN

Siguiendo un impulso de espontánea atracción, la contemplación resguarda un silencio detonador. Entonces ocurre lo que Giovanni Pozzi describe como un «tiempo fuera del tiempo». En la contemplación no existe palabra alguna. La mediación con el mundo se desdibuja y, en un instante de infinitud, la multiplicidad del entorno se concentra en la unidad de una imagen. Entre el observador y lo observado no hay diferencia alguna.
Ya nos advertía Octavio Paz sobre el poder de la imagen para «someter a unidad la pluralidad de lo real». Así, se cuenta la historia de una poeta que de tanto observar el movimiento celeste, consiguió hacer de las nubes sus palabras. Entonces, sus versos adquirieron una forma tan universal como impronunciable. Habría que buscar ser viento para comprender al cielo en cada respirar: nombrar las nubes, saber de su aliento.
II
LA BUSQUEDA

Dice la sabiduría popular que aquel que busca ha de encontrar. Sin embargo, el pronóstico no es preciso pues siempre deja abierta la posibilidad de hallarnos con lo que no buscamos. Es en un poema donde Joan Margarit confiesa su encuentro inesperado con la poesía, tras darse de «bruces con la realidad» y «sin falsas esperanzas»:
He hecho siempre como el jabalí,
que busca y, delicado, escoge y come
el bulbo -conocido como el orquis–
de la orquídea.
En su búsqueda, el poeta o el fotógrafo han de atender a la sorpresa del encuentro. Método de acercamiento a la vida, la fotopoesía confía su rumbo al diálogo de sus adentros con el acontecer del mundo que habita.
III
EL INSTANTE

Prestar atención y detener el ruido de lo humano, es preludio del instante como experiencia poética: cuando el caos del mundo se organiza en una imagen y por un segundo del universo sabemos de la gracia divina en la tierra. «No pasa un día», escribe Jorge Luis Borges, «en que no estemos, un instante, en el paraíso». El poema o la fotografía son destello asombraluz de su auténtica existencia.
De percibirse inmerso en este instante de eternidad, seremos testigos de la llegadade las musas. La inspiración, es el momento justo de la revelación. Tras ser cegados por el brillo de la luz o por la oscuridad de las tinieblas, nada puede ser igual. Hay quien podría asegurar que después de tan preciado encuentro, a la mirada le envuelve un misterio. Lo cierto es que en su saber mirar, el poeta o el fotógrafo tocan (golpean o acarician) lo que ha sido recibido como extensión misma de su piel.
Afirmarse en la sensibilidad de la vida es preciso. Dar un clic para que el obturador de la cámara de paso a la luz o comenzar a escribir el primer verso de un poema, será el paso siguiente. Así, caminando, encuentra lugar la interrogante prístina de Mariana Bernárdez:
¿Dónde la palabra justa
ésa
que separará el mar del grano de sal?
IV
EL VUELO SUSPENDIDO

¿Acaso es posible vivir poéticamente? Con un voto de confianza a favor, el poeta visualhabrá de saber escuchar todo cuanto resulte irrenunciable para el corazón humano, y en su murmullo ha de descifrar su futuro. El mensaje, transfigurado en imagen poética, se añadirá a la realidad precedente, toda vez que «la poesía en cualquiera de sus manifestaciones, crea vida a partir de la vida», como afirma Eloy Sánchez Rosillo. Esta declaración es respaldada por la existencia misma en cualquier gesto de vida, así como en cada verso del poema Hoja de hierba de Walt Whitman:
Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas
(…)
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
(…)
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles.
Algo es cierto, no se necesita escribir poemas para inyectar de poesía nuestro andar. De Juan Rulfo, para quien el camino de la escritura es la imaginación, no se conoce poema alguno publicado. Sin embargo, bien podría afirmarse que su prosa y su trabajo fotográfico están atravesados por el lenguaje poético. Para quien acostumbraba llevar consigo una cámara Rolleiflex con el visor en el lente superior, mirar la realidad que se esconde en la realidad misma fue un ejercicio cotidiano. La lectura y compañía de alrededor de diez mil libros que componen su biblioteca, agudizaron su mirada. Aun si hubiera alguna duda de su calidad poética, el también poeta José Emilio Pacheco escribió los siguientes versos «en homenaje a Juan Rulfo en sus palabras»:
Digan si hay aire y nubes.
Si hay esperanza.
Si contra nuestras penas
hay esperanza.
En suma, la cercanía con la poesía nos hace adoptar no sólo su estilo y cadencia, sino también su capacidad comunicativa y la profundidad de su andar esperanzado. Cuando no todo es cabal entendimiento, el conocimiento de nuestro pulso vital ofrece una sabiduría por conmoción. Esto es, un saber del mundo cual vuelo suspendido en una realidad que nunca deja de moverse. Andarse en comunión con la vida, llevando una libreta y una cámara fotográfica a la mano, entonces me es posible.
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2 Comments
Rosa Maria García
Me parece que Alberto supo hilvanar delicadamente esencias poéticas de sus poetas favoritos y lo logra de manera excelente a sombraluz y fotopoesi’a .
Esto es un Ensayo, pero un Ensayo Poe’tico.
Muy bien Alberto, me gustó mucho.
Muchas felicidades.
Alberto López
Muchísimas gracias, Rosa María. Valoro tu lectura y agradezco tus palabras.
Un gran abrazo (: