Alan Dantés Murmurantes

Murmullo de ratas

Durante la cuarentena y el encierro humano, los animales tomaron las calles. Los venados en Tokio, jabalís en Barcelona ¡Delfines en Venecia! ¡Las playas de Acapulco paradisiacas y sin ataques del peligroso pez-pañal! La maravilla natural invadiéndonos en las ciudades. Greenpeace y los animalovers en un ecorgasmo mundial.

Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Otros animales sufrían al igual que los humanos, también pasaban hambre. De un día para el otro, las ardillas de Chapu se quedaron sin palomitas, los peces del lago sin tortillas y los patos sin pan. Caminando en un día de abril cuarentenal fui testigo aciago del fin del mundo. Frente a una cafetería en el centro de Coyoacán se estaba desarrollando una batalla campal entre las ardillas y las palomas por un mendrugo. ¿De dónde salió el pan duro? No sé, a lo mejor de un humano al que solo le gusta ver el mundo arder. Las palomas, con las alas, trataban de ahuyentar del alimento a los cola esponjosa. Estos, a su vez, con sus pequeñas manos lanzaban garrazos desesperados. Pobrecitos exclamé. Al parecer, los animalovers se han olvidado de ellos. No fueran perritos raza aria, porque hasta les dejaban croquetas y agua.

Tal era la concentración de los soldados que no se dieron cuenta como una rata negra se aproximó. Ni yo la vi hasta que estuvo a lado mío. Era enorme, su pelo negro brillaba con el sol, tan sedoso que Pantene debería hacerle un comercial. Cuando se dirigió a la batalla, asombrado, pude ver que su pata trasera derecha era de color blanco. Era la rata más bonita que en todos mis años había visto. Las palomas y ardillas se cuadraron ante ella. Ninguno le impidió llegar al mendrugo. Al tenerlo en sus garritas pensé que se lo iba a devorar. Sin embargo, más ágil que cualquier niño obeso mexicano, se paró en dos patas, soltó un rugido demencial y fuertemente lo azotó contra la banqueta. Ante la mirada babeante de los demás roedores, con su pata blanca lo pisó. La multitud se dispersó. La rata bufó como queriendo decir siempre tengo que hacer el trabajo sucio, me dedicó una mirada altiva y se dirigió a una coladera. 

Sin esperar a que llegara a la cloaca y siguiendo el ejemplo de los demás roedores, emprendí mi camino. De reojo vi que, antes de regresar a su hogar, la rata me miró un rato más. Me armé de valor y volteé la cara para sostenerle la mirada, pero ya no estaba. 

Intrigado por la conducta de los roedores, llegué a casa para investigar. En el internet encontré miles de estadísticas. En un ensayo publicado por el Dr. Anton Ego, me enteré que, por cada persona, hay siete ratas que viven en el inframundo de la ciudad. Los números aparecen frente a mis ojos, calculo rápidamente. Si somos más o menos nueve millones en la Ciudad de México, la población de ratas asciende a sesenta y tres millones. Abro los ojos y suspiro de terror al darme cuenta de la magnitud del problema. Recuerdo a la rata-pantene y pienso en sus cuantiosas compañeras. Ya no suena tan descabellado el comercial de champú de rata de una pequeña Selena-Gómez-Rata diciendo “porque yo lo valgo” en pose sensual. 

En otra página encuentro que el periodo de gestación de las ratas es muy rápido y efectivo. De veinte a veintidós días. Citando a Guillermo Tardelli, experto en plagas “una rata que nace el primero de enero, a fines de marzo puede reproducirse y antes de que termine abril ya dio sus crías (…) además, puede dar una camada hasta de veinte ratas”.  

Si quisieran, ya hubieran conquistado al mundo.

Al analizar el poder que tuvo la rata-pantene sobre los demás roedores, la revelación llega a mi mente. ¿Y si las ratas evolucionaron más rápido que el humano? ¿Podrá ser que las teorías de conspiración descabelladas de los reptilianos y los aliens son parcialmente verdaderas? En lugar de seres de otros planetas y dimensiones quienes nos gobiernan, ¿son las ratas?

Mientras llego a estas conjeturas frente a la pantalla escucho un murmullo. Una paloma se ha parado en el alfeizar de la ventana. Al verla, me acuerdo que cuando trabajé en una instancia de seguridad secreta del gobierno, en incontables ocasiones las palomas y las ardillas invadían las oficinas. Pensábamos que era una consecuencia de que las instalaciones se encontraran ocultas en Chapultepec. Pero y ¿si no fuera así?

Podría ser que, tal como el homo sapiens derrotó al neandertal, una raza de ratas alterada genéticamente en un laboratorio hubiere desarrollado una súper inteligencia que le permitiera controlar a las palomas, ardillas y demás roedores. Si fuera así, no dudo que pudieren encontrar el modo de controlar a las mentes humanas. De repente, recuerdo la pandemia y me doy cuenta de mi error, esto viene desde antes de los laboratorios. Después de todo, ¡son ellas quienes transmiten la peste negra! En mi mente, el mapa de la guerra entre humanos y ratas en la edad media se traza. Perdimos ante ellas y la peste se llevó a casi toda Europa. ¿Cuál sería su motivo para no habernos acabado por completo? La respuesta es sencilla. Nosotros hacemos todo el trabajo, ellas solo se dedican a comer. Los números las respaldan: ¡7 ratas por persona! ¡Tienen la supervivencia asegurada mientras estemos aquí!

El aleteo de la paloma hace que volteé, una ardilla se ha unido y ambas tienen la vista fija en mí. Dios, quisiera estar equivocado y que no fueran más que visiones mías provocadas por el porro que me fumé allá en Coyoacán. Ahora que lo pienso, algunas de las personas con cargos más altos de los Gobiernos tienen las caras tan colgadas que parecen máscaras de látex. Lo mismo con los líderes de sindicatos y empresarios. Será coincidencia que, en el orbe, los viejitos decrépitos son los que controlan el mundo. O por ser los más débiles físicamente, son un blanco fácil para que las ratas posean sus cuerpos. Si algún valiente le quitara sus máscaras a Trump, a Putin o a la Maestra, ¿Revelarían su ratonil rostro? 

El científico Rick Sánchez, en uno de sus viajes dimensionales, advirtió que con las ardillas no nos metiéramos porque son ellas las que controlan varios mundos ¿Se habrá equivocado de roedor? Pensémoslo, con las ardillas y palomas, las ratas nos tienen completamente observados, tal como en el Big Brother. Si pueden controlar a los roedores, tal vez a los insectos también. Con ello, tendrían ojos y oídos en todos lados. ¡El sueño de la CIA! ¡de la KGB! Mientras me horrorizo, unos golpecitos que vienen de la ventana descarrilan mi tren de pensamiento. Volteo y veo que la rata-pantene también está afuera. El aire se me escapa y el sudor escurre por mi rabadilla. No puede ser. En cámara lenta, veo como una araña cruza el cristal y con gran habilidad quita el seguro. Mientras Selena-Gómez-rata se para y de una patada abre la ventana, yo abro Word. Tengo que advertirle a la humanidad que oiñjfwlnjhfañojubrhfiaohfaojuwbvhabvajbjvbjvdbjuawevbjabejbvjawbjawvbjabjvbjuvar.e

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