Viernes 12 de diciembre de 2025, dos de la tarde. A consciencia desbocada, Leandro escribía sobre una hoja amarillenta. Heriberto, preso de la ansiedad vespertina, fumaba un cigarrillo electrónico en la sala. Leandro era descuidado al redactar, los tachones a través de la hoja exponían su neurosis. En el momento extático, su corazón coronado por espinas bombeaba llamaradas creativas a través de los ventrículos. A las tres de la tarde, Leandro continuaba escribiendo, pero Heriberto lo interrumpió, ya era hora de marcharse, se haría tarde.
Heriberto tomó su teléfono, las llaves del auto y el cigarrillo. Leandro guardó su libro de viaje dentro de una cesta de picnic donde, además, llevarían botellas de agua y fruta. Al llegar al estacionamiento discurrieron sobre sus papeles, Heriberto manejaría. Leandro se puso las gafas de sol y se tumbó en el asiento de copiloto. La voz de la radio musitaba un himno “On our wedding day you had a Hollywood sign made of cocaine for us”, Leandro subió el volumen. El letargo melódico los adormeció, Heriberto manejaba tan rápido como podía. Adentro el tiempo transcurría trazando la ruta de las notas, afuera, el caótico ritmo de la periferia llenaba el entorno de entropía. El automóvil cruzó hacia el punto final, pasando por dos casetas abandonadas. Conforme se acercaban al lago de Guadalupe, el camino se tornaba en pendiente. Al llegar al lugar, Heriberto aceleró desmedidamente, se les interponía una alta reja que daba la bienvenida a los visitantes del lago, a esas alturas no había nadie que la abriera, tendrían que atravesarla.
Lo puedo sentir, sé cómo sucederá. Nuestro automóvil entrará a toda velocidad, rompiendo la barrera de la entrada. No existirá nadie más allí, las personas han sido evacuadas de la ciudad y sus alrededores. El gobierno ofreció resguardar a la población en albergues subterráneos. Heriberto se estacionará colina arriba, entonces tendremos que caminar hasta la planicie del terreno. Andaremos largo rato en círculos, no hay otra forma de caminar aquel lugar. Es un cráter antiguo que se transformó en un pequeño cuerpo de agua. Un día, el cuerpo acuoso amplió sus límites, creciendo salvajemente, hasta el punto de, no sólo lamer las comisuras de la tierra, sino devorarla por completo, extendiéndose hasta chocar con las paredes de la montaña que delimitaba el perímetro del terreno. Cuando encontremos el sitio ideal frente al lago, contemplaremos el sesgo vital que se antepone a nuestros cálidos deseos. Nos preguntaremos ¿qué habrá después de ese momento? Al día siguiente, de existir, ¿seguiríamos enamorados? Y después de todo, al bordear la hora cero, nos daremos cuenta de que cualquier pregunta es territorio infértil para dos condenados.
¿Había servido de algo habernos separado?—me preguntará él, apenas se siente sobre el pasto. No, en realidad, las putas cosas eran iguales. La guerra continuó, así como, la hambruna y el desabasto, la vida no detuvo su curso por el hecho de habernos desencontrado. Si habíamos aprendido algo, se iría a la tumba con nosotros. El ciclo violento de la existencia había continuado, el control de los medios de producción y comunicación persistió. Era imposible subsistir, la Tierra se había convertido en un lugar más hostil desde que nos dejamos, eso sí era distinto. Pero ya todo estaba dicho, los noticieros lo habían anunciado, los líderes en las iglesias lo clamaron antes de abandonar sus templos: el primer ser humano corrió desnudo por el bosque oscuro, huyendo de algo más grande que él y cuando decidió parar, al no escuchar más pisadas en torno, se dio vuelta, para darse cuenta de que, detrás suyo, sólo había un espejo. El humano temía tanto a aquello que lo perseguía que, al ver que no había tal monstruo, asumió el papel de la bestia encarnizada que masacra a su propia especie. Pasamos largo rato contemplando con horror el abismo y ahora, somos el abismo. La raza humana es la única que busca soluciones a los problemas que ella, (in)conscientemente, engendró. Es como ese símbolo que el abuelo me mostró en su libro de historia, el de la serpiente devorándose a sí misma: uróboros. En la representación autodestructiva de la metamorfosis, se cifra el ciclo perpetuo del nacimiento y la muerte— responderé, mirando mi última puesta de sol.
Dejaremos nuestros teléfonos sobre la hierba. Heriberto tomará con suavidad mi mano y ambos nos adentraremos en la espesura del lago. Abrazándonos, disfrutaremos del calor de nuestros cuerpos. Todo lo mediremos en besos y en el último, esperaremos, el tiempo aminorará su marcha, en cuestión de segundos, un soplo cataclísmico de energía nuclear nos reducirá a nada. No sentiremos la vida desaparecer.
Ya es hora de partir, Heriberto me llama a voces desde la sala. Me pregunto si algo o alguien encontrará esta carta. De cualquier forma, cuando la encuentren, seremos polvo de abismo.
Leonardo Guerrero (Ciudad de México, 1997). Escritor mexicano. Se ha decantado, principalmente, por la prosa, cultivando el cuento. Además, ha escrito varios poemas sueltos. Su obra aborda la complejidad de las relaciones humanas y sociales, abarcando temas como la política, la violencia, el erotismo y la muerte. Es Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), curso en el que obtuvo la Medalla al Mérito. Un fragmento de su obra fue publicado en el blog “Librópolis” de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el sitio web “Cósmica Fanzine” y en la Antología de poesía mexicana de Ediciones Converso.
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