Cuento

El gato en el espejo

Y se miró en el espejo… y vio cómo se le alargaban

los ojos, cómo se le estiraban los bigotes y cómo se

le abría la boca mostrando dos colmillos largos y

filosos de cada lado.

 

 

La Sra. H. había sufrido una transformación. Tal vez se había debido a la bebida o, tal vez, quizá, a la medicación psiquiátrica que tomaba por su cuenta. Solía mezclar drogas y alcohol en largas noches de insomnio. Tenía delirios persecutorios y las fiestas de los vecinos, entrada la noche, le molestaban. Tenía en el cajón del escritorio un arma descargada, aunque le parecía que le había quedado una bala atascada en la recámara.

 

Aquella noche se acostó y dio vueltas y vueltas en la cama. Soñó que se dormía y que, en un sueño profundo, caía en un abismo. Se sobresaltó cuando casi se cayó de la cama, a punto de estrellarse la cara contra el piso y romperse la nariz. Otra vez estaba ebria. Escuchaba golpes en el techo de su habitación y el vaivén de una guadaña afilada que se balanceaba hacia uno y otro lado de la habitación. Prendió la luz de la lámpara de su escritorio y vio una sombra inexplicable y enorme que se balanceaba. Prendió entonces la luz del techo de la habitación. Se acostó con los ojos grandes y vidriosos clavados en el techo raso. Le pareció que se había dormido con los ojos abiertos. Duermo como un pescado, como un ser irracional.

 

Se levantó en la madrugada y atravesó el largo pasillo que separaba la habitación de la cocina. Arrastraba los pies enfundados en pantuflas de lana y se pisaba un poco el camisón llovido hasta el piso. Se llevó por delante una botella de vodka y rompió un vaso lastimándose un pie. Al querer arreglar las cosas, se cortó la pierna y la mano. La pierna no sangraba mucho – apenas un rasguño –, la mano exhibía una herida un tanto profunda. Improvisó un torniquete. Se preparó un té. La lámpara del rincón para relax de sal del himalaya se veía blanca y reluciente como una calavera.

 

Hacía un invierno frío de 1949. Cerró la ventana de un golpe, aquella que el viento de invierno se había encargado de abrir. Volvió al dormitorio sucio y desordenado, buscó en el armario alguna botella escondida que no encontró, se bebió a grandes tragos la taza de té. Se metió en la cama y se durmió hasta entrada la mañana. Borró ese día del almanaque. Cerró la casa hermética. El gato se salió del espejo, tomó el arma del cajón del escritorio y disparó la bala atascada en la recámara sobre la sien derecha de la Sra. H.

Graciela Belluscio

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