Murmurantes Shaila Esquivel

La danza de la mano

Salomé Sonú

Subí las escaleras en medio de la oscuridad, tanteando la superficie lisa y fresca de las paredes. Mi cuerpo llevaba una energía pesada y temblorosa, era como un agujero negro, sí, como una estrella moribunda. Ese cuerpo palpitante se contraía hacia su propio interior para inmolarme en un torrente de güisqui subterráneo.  Al fin llegué a una cama, al instante me di cuenta de que no estaba vacía, justo en el momento en que mi mano derecha se tropezó con una parte del cuerpo de alguien.

El hombro desnudo era femenino. Entonces me cayeron todas las ansiedades del mundo al pecho, sentí miedo de actuar como un hombre, cuando su deseo encuentra la justificación en el derecho que da el deseo en sí mismo, de aventarme sin pensar en el rechazo, mucho menos en el consentimiento ajeno, con esa animalidad incontenible que solo encuentra sosiego en la consumación. Cuántas veces no me había sucedido a mí misma, como en la fiesta de Cuernavaca cuando encontré una cama para descansar y al poco rato se metió un hombre bajo las cobijas sin preguntar si podía hacerlo, sin preguntar me abrazó, sin preguntar me metió la mano al pantalón, sin preguntar me metió los dedos, así, cuando quise quitármelo de encima fue imposible.

Pero había algo en mí que no fue capaz de hacerlo, ahora lo sé: el simple hecho de no ser un hombre. Entonces mi mano renunció a esa tersura, mi cuerpo quedó suspendido en esa oscuridad irreversible, fría, era otro agujero negro que contenia el agujero negro que era yo. Hasta que una voz, más grave que la mía, reventó todos los agujeros negros que comenzaban a elevarse como burbujas de jabón en el universo tenebroso de la habitación. 

— ¿Marta eres tú?—.

Sí, efectivamente: una voz grave de mujer, como me lo había anticipado el hombro.

— ¡No! Yo no soy Marta—  Le respondí.

Se dio la vuelta hacia mí y sentí su respiración muy cerca. Comenzó a tocarme el rostro, a palpar cada espacio milimétrico de él con la mano entera, mi frente, mis ojos, mis pómulos, mis labios, mi barbilla. Me dibujó en la oscuridad.

—Creo que te conozco, no me digas tu nombre—.

La oscuridad nos convierte en otra cosa, nos obliga a construir un universo basado en algo más potente: energía. No esa de la que hablan los jipis, sino de una que no pueden comprender, tampoco es aquella de la que hablan los físicos, quizá sea más como la de los místicos. 

— ¿Quién es está morra?— Pensé.

—Soy Salomé— me respondió la voz grave.

¡Ah, cabrón! Creí que solo había pensado mi pregunta. La pregunta verdadera, era por qué me había prohibido decirle mi nombre y ella rompía el encantó de decirme el suyo, sin yo haberselo solicitado.

—Quién es Marta— pregunté.

— Marta Mur una actriz de Jolibut, ¿no la conoces?—.

Me pareció muy simpática su revelación, me contuve la risa y le dije: — ¿Qué haría una actriz de Jolibut en una fiesta masiva de lesbianas en Iztapalapa?

Y la preguta desencadenó las carcajadas, carcajadas fuertes y violentas, incontenibles. Después fueron perdiendo fuerza hasta convertise en carraspeos y todo se quedó en silencio con la oscuridad. Salomé se me acercó, buscó mi mano y la llevó a su hombro. Ahí estaba otra vez el hombro terso en la oscuridad. Un hombro desnudo junto a una mano desnuda en la misma latitud. Luego me llevó la mano hacía su pecho enorme y ahí, bajo su blusa, sentí una calidez inconmensurable. No sé si has tenido la necesidad de transportarte a un lugar en el que te has sentido extremadamente confortable, digamos que cuando estas triste o tienes ganas de morir. Yo tengo varios refugios mentales a los que siempre voy, por ejemplo a un géiser de Hidalgo al que fui cuando era adolescente con mi amiga Nayely, recuerdo que me metí en el agua y fue una sensación que no he vuelto a tener; o más atrás cuando era niña y vivía en Colima, salíamos a la calle en plena tormenta, recuerdo la lluvia tan calientita sobre mi rostro, la misma sensación; o cuando me quedé dormida en medio del oceano en un kayak, la misma, pues así me estaba sintiendo.

Salomé no me besó, jugó con mi mano a lo largo de su torso, trazó rutas, solo de ida con escalas, luego hacía el viaje redondo, también con escalas, descendía, daba vueltas, aceleraba y se detenía: tetas, ombligo, pubis, vulva. Vulva, culo, nalgas. Vulva, pubis, abdomen, tetas. Tetas, ombligo, pubis, vulva. Al final me llevó la mano a la boca, mis propios dedos babosos, aderezados con la esencia recia y enervante  de Salomé.

Yo solo me dejé llevar, tuve el anhelo de hacer con la lengua lo mismo que mi mano hacía y que hubiera reciprocidad, pero decidí no intervenir. Ella sabía muy bien lo que estaba haciendo, era su juego con la mano masturbante, supuse que debía ser paciente, pero después de introducirme mis propios dedos a la boca, me apretó contra su pecho, quise moverme pero no pude, era una señal, la señal de que eso era todo, y yo ardía en el deseo contenido. En algún momento me quedé dormida, algo consternada por no haber consumado mi deseo.

Me quedé dormida y nunca pude ver a Salomé, bueno no en persona. La vi en feisbuk cuando Mary Lu me la enseñó. La conocían como la novia de Marta Mur, una actriz jolibudense.

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