Dama con lechón, Piotr Kachny
Murmullos Murmurantes

Los cerdos impredecibles

Dicen que las vivencias antes de los cuatro años no se pueden retener en la memoria,
yo recuerdo mis primeras tres lecciones importantes de ese tiempo.
Gateaba lentamente aquel año bisiesto
cuando vivía con mi abuela en una granja de cerdos.
En ese año
un ojo omnipresente ya observaba al mundo,
pero yo solo tenía cuatro años y eso no me preocupaba.
Solía sentarme sobre el piso buscando la frescura
frente a un cúmulo de cadáveres de moscas
que yo misma aplastaba
mientras sonaba La Tremenda Corte en la radio.


También disfrutaba visitar las habitaciones de los cerdos,
―¡Se llaman chiqueros!― me corregía enfadada la abuela,
pero nunca acataba sus correcciones.
Gustaba pretender ser la casera de esos chanchos.
Siempre había uno por habitación
hasta que un día desaparecían.
Me imaginaba que les daba la gana cambiar de residencia
o que algunos de ellos, simplemente, eran cerdos viajeros.
Yo celebraba que se marcharan porque una habitación disponible
podía convertirse fácilmente en alberca;
era una cazadora de frescura.
―¡Muchacha del demonio!, ¡son chiqueros, no habitaciones, ni albercas!―.
Para mi abuela los marranos no eran más que sucios animales,
sin embargo, ellos la obedecían.


Doña era mi mejor amiga,
y aunque era muy joven, la viudez le valía ese tratamiento.
Nunca supe su verdadero nombre.
Ella se encargaba de alimentar a los cerdos.
Cuando yo no estaba matando moscas
o en las habitaciones de los puercos, estaba con ella.
Me gustaba que le diera de comer a los cuinos,
yo quería hacer lo mismo, pero mis pechos eran planos.


Un día, Chancho bigotón,
el que ocupaba la habitación más grande,
se colgó del tamarindo,
Doña se puso muy triste,
dijo que era el segundo que le hacía lo mismo.


Mis primeras tres lecciones importantes:
de Doña aprendí que ser generosa con los cerdos
les provoca hastío,
de mi abuela, que ser indiferente los atrae
y de mi propia observación, que los cerdos son impredecibles,
nunca sabes si responderán con amor a los maltratos
o si se colgarán de un árbol ante la bondad,
nunca sabes cuándo se van a ir.


Dama con lechón, Piotr Kachny

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