Viajar es dejar la ciudad, todas las ciudades. Es tomar la carretera, a veces sin rumbo claro, basta un nombre, una seña. Otras, es detener la mirada en el cielo o en la fronda de un árbol: viajar no requiere ir lejos para conocer geografías ignotas. Viajar es entregarse a lo súbito sin premeditación, es recuperar la inocencia, el paraíso, el asombro; tal vez la verdadera sed que mueve al viajero sea el asombro; pero no aquel nacido del estruendo o del pasmo, ni del miedo al aburrimiento tan propio de nuestra época, sino el asombro que surge en el sosiego, en la contemplación, en el ensueño.
De ahí que tanto viajar como soñar sean revelación, revelación que solemos llamar instante. Y como «este mundo es luz que habrá de apagarse en nuestros ojos un día», es lógico que queramos salvar los instantes, una ambición muy legitima, muy humana. Pariente del poema, la fotografía es escritura del instante, es salvación.
Y si acabar un viaje es despertar de un sueño, no lo hacemos solos: la nostalgia también se levanta de la cama y «un sabor a perdido Paraíso» comienza a embadurnar los días. Es entonces que comenzamos a mirar fotografías, porque el instante siempre es imagen, mas no fija: un caballo pastando junto al camino, un campanario repicando en silencio, la luna saliendo de su escondite. Siempre gerundio, la foto es imagen móvil, puerta abierta al solar de los recuerdos.
En la serenidad del asombro, el viajero escribe las postales de su vida, acaso el gran viaje que siempre estamos emprendiendo.










