No escribo sólo con la mano:
pues el pie siempre quiere escribir conmigo.
Corre firme, libre, valiente,
bien por el campo, bien por el papel.
FRIEDRICH NIETZSCHE, La ciencia jovial.
La palabra gesto proviene de gestus, movimiento, ademán o manejo; mientras que Gero quiere decir llevar sobre sí, mostrarse. Hay gestos que se portan a la hora de escribir, así como el caminar se parece mucho al pensar.
Cada gesto trae consigo una huella, una impronta afectiva.Cada escritura encarna fuerzas que van más allá de la referencialidad de la lengua: revelan la personalidad de quien escribe.
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En Andar una filosofía dice Frederic Gros que hay libros tan abigarrados y grises, de esos que se leen con aburrimiento y dificultad que es posible percibir en sus letras el cuerpo encogido y maltrecho que lo escribe. El libro es en tal caso, una expresión de su autor. Personas con el horizonte achicado por los estantes de bibliotecas sin luz. La escritura nietzscheana nace del impulso de caminar, de poner un pie frente a otro. Sus libros son tensos, erguidos como el peregrino dispuesto a andar durante horas.
Aun antes de su condición sifilítica, la naturaleza del filósofo fue siempre enfermiza. Desde joven se vio continuamente «martillado» por terribles dolores de cabeza que lo postraban en cama durante días. Su dolencia era provocada por una miopía mal tratada que terminó agotándole la vista al grado de quedar casi ciego al final de su vida. Pareciera que la vida corpórea de Nietzsche llena de tanto trastabilleo encarna la famosa sentencia de Heráclito: es la enfermedad lo que hace agradable la salud
Ante su atropellada situación, Nietzsche halló en el caminar un consuelo. Aun pese a sus dolores jamás dejó de moverse. De alargar la vida a través del movimiento andante de sus pies. Del paisaje fue capaz de extraer una fuerza anestésica en la que el olvido es una forma de misericordia y en dosis exactas, cura. Sus largas caminatas se volvieron el mejor fármaco, aquel que le regalaba un poco de abandono. Caminar debió parecérsele mucho a un respiro, a un des-hacimiento de sí.
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A partir del verano de 1879, dedicó los siguientes diez años de su andante existencia a ser –como él mismo se describió en una carta dirigida a Paul Ree– un fugitivus errans. Su lugar preferido para andar fueron las montañas. Espacio del que se declaró completamente afín y al que bautizó como su elemento. En la alta Engadina descubrió el clima y paisaje que habrían de convertirse en sosiego para su espíritu, donde sus caminatas de siete u ocho horas funcionaban como calmantes a sus íntimos dolores. Bajo tal horizonte de aire transparente y viento fresco escribió El paseante y su sombra que se dice, fue pensado y esbozado a lápiz mientras caminaba.
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Nietzsche escribía con los pies.
El filósofo alemán solía afirmar que la primera pregunta al momento de abrir cualquier libro debía ser si el autor sabía o no caminar. A diferencia de Kant que veía en el andar una distracción, un despabilamiento de la mente tras una larga jornada sentado y con la espalda encorvada, caminar para Nietzsche era parte de su proceso de escritura. Pensamiento y caminata eran para él una misma cosa. La escritura: una ligera pausa al andar.
«No me gusta leer a Nietzsche porque siento que me está gritando» me dijo una vez un amigo muy querido. El estilo de alguien que se asume no como hombre, sino como “dinamita” y que habla no con palabras, sino a través de “rayos” centellea a cada sílaba. Tal sensación debe ser producida por su continuo deambular que apuntaba siempre a la vertical, a la altura de las montañas., Como si en sus palabras quedara cristalizado el paisaje ventoso de la alta Engadina y al leerlo un huracán desatara.
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Nietzsche escribe con su sangre. En sus aforismos, esos –según Hugo Hiriart– destilados de ensayo, la palabra circula. Ese denso líquido funciona como un corrosivo que, bajo su paso disuelve los quistes de un pensamiento anquilosado y de poca oxigenación. Ya Thomas Mann afirmaba que leer al filósofo alemán era todo un arte. ¿Habrá percibido su danzante movimiento escritural?
En su libro Así habló Zaratustra dice: “Los dedos de mis pies escuchaban para comprenderte; lleva, en efecto, quien baila sus oídos ¡en los dedos de los pies!” El pensamiento nietzscheano es ante todo, una fiesta. Al leerlo uno es invitado a bailar. A seguir el ritmo marcado al compás de nuestras piernas donde la sangre (nuestra, la suya, qué más da) fluye en cada una de sus letras.
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Con su escritura, Nietzsche enseña que hay ciertas transparencias que escapan al llano trazo de los caminos. El pensamiento es una de esas estelas luminosas que se resisten a ser capturadas por la contundencia de lo recto. Por eso su tendencia hacia la cúspide de la montaña. Siempre hacia arriba. Ya decía Hegel que la importancia de toda obra filosófica no radica en su inicio ni en su fin, sino en el devenir que se bambolea entre los dos extremos. Lejos de esperar un resultado exacto, el pensamiento es un volver sobre lo mismo como círculos concéntricos que se forman sobre el agua. Para pensar, hay que soltar. Darle al pie rienda suelta, ser ligero como el caminante.