Colaboración

Sobre el felino que habito

Alguna vez alguien dijo que lo vio existir.

Pero yo, yo lo sentí. 

La primera vez que lo describieron fue en Lacan–Tùn, rodeada de selva, entre humedad, axilas sudorosas, cabellos despeinados y pies descalzos, asilvestrada, llena de vida tropical. Le miraron siendo guía, rugiendo en sintonía con el poderoso verde de las hojas y lo violentamente rojizo de la tierra montañosa. 

Pero yo, yo lo sentí.   

Hubo quien dijo que estaba presente mientras andaba, cuando me movía al son sigiloso y a contraluz de los sentimientos, entre raíces de árboles sagrados. La siguiente vez notaron la piel moteada después de aventuras que ahora resguarda la textura de mi ser.

Alguien lo supo luego de aquella mirada altiva, ardiente como brasa. De un salto, 

hizo todo terminar, 

entre la intrepidez de no dejar una oportunidad al aire, engullía, 

así, sin retorno.

Quien fuera testigo de la hoguera que lleva en el pecho sabrá que sucede en un andar primitivo; agitada, arriesgada y salvajemente. La querencia en su sangre se deja ver llena de fervor incansable.

Luego de no poder existir siéndose fiel, le miraron alejarse entre desconformidad, trepando ferozmente, lejano de aquella árida vida y en un rugido con este fuego interno, incendio todo. 

En el habitad compartía el incendio, entre comunidad y risas contemplaron que en un restriegue repentino utilizo la lengua para agradecer la fuerza y el poder de la energía que tintaba la atmosfera. Dicen que camina hacia el sol. 

Entonces yo, yo lo viví.

Descubrí que al felino no lo habito, el felino me habita a mí.

Colaboración enviada por Dirce Pedregal

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