Pero al final, uno necesita más coraje para vivir
que para quitarse la vida.
Albert Camus
LXXIII.
es hora de buscar
alivio en la química
en la soledad de la casa
en el silencio escogido
para no perder la cordura
LXXIV.
cuando el temporal acabe
seremos con suerte
restos del naufragio
llegados a la costa
desfallecidos inermes
LXXV.
temor anticipado
al sonido imprevisto
de una llamada:
tromba de palabras
entre la rabia oculta
y la duda del futuro
LXXVI.
tras los flujos ansiosos
imposibles de asimilar
siempre queda un rastro
apegado a la piel
a los órganos alertas
a la mente inquieta
LXXVII.
tras el aluvión verbal
queda un cansancio
del que ha recibido
mayor peso ansioso
del que puede manejar
LXXVIII.
cuando se repiten
se convierten en rituales
sin medida ni prudencia
un laberinto que crece
a diario un bucle
infinito sin salida
LXXIX.
la realidad no soporta
a los exiliados voluntarios
lanza ataques absurdos
para deshacer la quietud
para obligar a la lucha
de lo burdo y falsario
LXXX.
en esa batalla se pierde
terreno esa nube azul
la calma de la observación
el tiempo usado en lo obvio
batalla fútil sin pausa
sin aceptar que el exiliado
prefiera regresar a su mundo
LXXXI.
escribir sobre ángeles
terribles sobre gritos
en la noche sobre la espera
del punto de ese poema
y no de otro cualquiera
LXXXII.
una piedra en el agua
rompe la lámina tersa
ondas concéntricas
que se expanden suave
hasta que se pierde
la fuerza o llega una ola
LXXXIII.
un gesto una palabra
producen el fenómeno
de la causa y el efecto
una empuja a la otra
y quien era efecto es causa
LXXXIV.
nadie sabe qué palabras
pueden desviarse del ritmo
geométrico expansivo
y cuando ocurre cae
la certeza del fenómeno
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