El pasado mes de mayo se realizó un homenaje a Ricardo Garibay en el Bazar de Libros San Fernando. Agustín Ramos y Josefina Estrada, convocados por la Sociedad Garibayista de México, compartieron anécdotas y experiencias de la vida privada del escritor, así como anotaciones personales derivadas de la interacción cotidiana. Qué fortuna es la evidencia de la amistad y la convivencia entre temperamentos. Ricardo Garibay será recordado como un ser controvertido, reconocido ampliamente en los círculos culturales por sus más de cuarenta obras, donde supo ejercer un oficio y una forma de ganarse la vida. No siempre su posición sobre la relación entre escritura y política fue bien vista y, en momentos, sus críticos han intentado limitar su obra otorgándole un carácter oficialista. Las suspicacias y desencuentros sobre la forma de ser del autor, sus decisiones o alianzas, han provocado curiosidad entre sus lectores de todos los tiempos, por lo que consideré oportuno recuperar el testimonio de un par de (entonces) jóvenes e impetuosos debutantes en la arena del periodismo cultural. En 1997, decidimos buscar a Garibay, así que mi amigo Luis Martignon (+) y ésta escribidora viajamos a la ciudad de Cuernavaca. Lo que sigue es la entrevista que realizamos desde una plática amena, donde se abordan memoria, política y periodismo, además del cortejo a lo más deseado entre dos jóvenes aprendices de escritor: La palabra.
Estamos en su casa en Cuernavaca. En su estudio, sentados frente al escritor y rodeados de tiempo y recuerdos en papel y fotos, observamos con detenimiento la elocuencia flamígera con que platica:
En su más reciente libro, Oficio de leer (Océano, 1996) habla entre otras cosas, acerca de la catarsis del lector: la felicidad que le produce la lectura, ¿por qué hablar de felicidad?
–Mientras más se vive —acabo de cumplir 74 años, o sea que ya estoy viviendo más de la cuenta, ojalá no—menos feliz se es, o menos motivos de felicidad hay. Después de los setenta años comienza el derrumbe del ser humano, las enfermedades serias, peligrosas, los “anuncios de la muerte”. De modo que ya hay suficiente experiencia para saber que la felicidad precisamente no existe, que el campeonato se lo gana el odio todos los días en todas partes del mundo y todos los lugares. La realidad es inmediata, pegajosa y ciega, ensordece, da muy poco. Quien mejor puede saber esto es el periodista, que se enfrenta todos los días, incesantemente, con la realidad. Sabe que es múltiple y sumamente cambiante, además, que no tiene mucho tiempo para pensar sobre ella. El periodista es un ejemplo perfecto porque su profesión es la piel de todos los días. “El periodismo es hoy”, decía Don Rodrigo de Llano, quien trabajó en Excélsior. Nada más viejo que el periodismo de ayer. Las tonterías que declaró el señor Salinas de Gortari en Dublín, hoy ya no importan a nadie y se ven como un vejestorio, como las mentiras de alguien viejo, caduco.

Maestro, usted dice que la lectura es también en un “salto metafísico” de las palabras. ¿Cómo interpretamos eso en un país donde, como menciona Gabriel Zaid, hay demasiados libros y poquísimos lectores?
–Desgraciadamente no hay demasiados libros, pero sí pocos lectores. El salto metafísico debe entenderse de este modo: somos hombres, aquí estamos todos nosotros, tenemos un cuerpo, un rostro… Estamos sujetos a nuestro perímetro. En la literatura no es así, cada sujeto y cada objeto encierra un misterio. Y el escritor va desentrañando poco a poco éste, a través de sus libros. Por eso el salto metafísico, para encontrar la verdadera naturaleza de las cosas.
Usted fue maestro en la UNAM. En el libro referido antes hay pasajes y comentarios sobre los jóvenes. ¿Qué piensa de nosotros hoy?
–Me inspiran una violenta simpatía y una profunda decepción. Estudian muy poco. No son ayudados por nadie. Cada uno tiene que hacerse a solas, aprendiendo con sus contemporáneos, que saben muy poco como cada uno de ustedes. Adivinando qué es esto de escribir, de leer, de entender, de buscar la reflexión, el amor por el mundo. Ello va depender estrictamente de su talento, de la capacidad natural que el joven tenga y de que pueda pulirla. No hay maestros, las generaciones se ignoran unas a otras. Ignoramos vehementemente a las generaciones hispanoamericanas, quién sabe qué se esté haciendo allá (en los otros países) y nos importa un carajo. ¿Quiénes son los escritores de ahora?, quién sabe. ¿Qué los mueve?, no lo sé. Tenemos además un profundo desdén por nuestra lengua, por nuestra gente, por nuestra condición histórica y me refiero a la Hispanoamérica toda. Estamos pegados, aún más los muchachos, al american way of life, en el modo de hacer literatura. De manera que los jóvenes van cargados de ignorancia, de desdén, de humillación a esta tarea que es la más delicada del mundo, donde se usan las palabras. Cada una es una bomba atómica que va a estallar en algún momento y se usan sin ninguna prudencia, sin ningún crédito, sin fuerza, sin sabiduría. Se ama a los jóvenes, por supuesto, si no ¿a quién va uno a amar? Lo que se hace es para ellos. Pero nos decepcionan. Yo fui profesor en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM) y tuve que dejarlo porque no podía con el nivel intelectual de los muchachos, ¡era bajísimo!, lo abandoné…
¿Cree entonces que no hay oficio de escritores en nuestra generación?
–No, no hay. Se está fraguando. Yo sé de un escritor cuando tiene más de cincuenta años de escribir, llevo más de cincuenta y siete años y es evidente que sí hay un oficio. Me hubiese ahorrado años si hubiese tenido la conducción devota, obligada, cariñosa de un maestro. No hubo nunca. Nada…
¿Nada, ni uno?
–Uno, ahí está la estatua de él (señala un busto) y ahí el retrato. Erasmo Castellanos Quinto, que fue el único maestro con espíritu como tal, que me ayudó y a muchos también. Maestro es el que instaura el espíritu en el otro. Ustedes tienen un espíritu recién nacido, está apenas…estirándose, en estado embrionario, apenas está recibiendo el aire y viene el maestro e instaura y deposita el espíritu, el pan del alma. No le da de comer, lo alimenta. El espíritu se vuelve fuerte, robusto, poderoso, hambriento y de estupenda digestión. Si no hay esto, se tarda más en llegar a donde se quiere. Eso es lo grave. Mire, tengo una nieta de veintisiete años estudiando Literatura en Columbia. Y allá se preparan de forma exhaustiva, como leones, salen sumamente sabios, preparados de veras. Esto da una inmensa pena porque nuestra patria es esta y las cosas están del carajo. Lo que se estudia en la universidad en la carrera de Literatura, y en cualquier recinto mexicano, es RIDÍCULO. La improvisación es inquietante. Da mucha pena. El pueblo que no lee va a ser servidor del pueblo fuerte. Nosotros vamos desbocados hacia la servidumbre, frente a los norteamericanos. Ciertamente ellos son estúpidos, pero su élite es muy extensa y poderosa. La élite es la que manda en un pueblo. Los pueblos todos, son igualmente inocentes, valiosos y brutos. Todos.
Ahora que menciona las élites, usted ha convivido con los excesos y la complacencia de la cultura mexicana, dentro de esa misma élite. ¿Qué opina de ello a la distancia y qué se debe de hacer para que no se repita en forma cíclica?
–Programas de arriba abajo. Cupularmente. De estudios universitarios dados por el gobierno. Atención a lo principal que hay en la vida del hombre, que es la lectura. Si no, no se avanza. Nadie se “prepara” en la calle. Cumplir con los programas y tener un rigor académico implacable. El muchacho debe joderse, “subirse al potro”, como dicen los españoles, la tortura del estudio. Si no, no va a ninguna parte. La autoridad debe programar inteligentemente la preparación de la juventud, porque ésta no puede hacerlo; el ímpetu vital es tal que se preparan para cualquier cosa menos para el reposo y la antinaturalidad que requiere el estudio. Tareas, preocupación, amor por la patria, a la que nadie ama, ¡carajo! Aquí todo mundo busca sacar para su santo y no otra cosa. Estudian una carrera para ganar dinero o un mucho –“Papá, quiero ser escritor”. “No, no, no, no, sé médico, eso sí deja”. Carajo, nadie piensa en el amor, en un servicio de la condición humana para los contemporáneos. No, a ver cómo chingas más dinero. Para eso van a la universidad, así salen los jóvenes.

¿Cómo era su juventud?
–Nosotros no teníamos nada, ¡carajo!
¿Fue dolorosa?
–Sí, muy dolorosa. Nunca teníamos un centavo. Nunca, ni uno. Y había que hablar toda la noche. Andábamos por Paseo de la Reforma de arriba abajo hablando y discutiendo toda la noche sin cenar. Lo único que había era para cigarros, eso sí no podía faltar. Las mujeres no nos hacían ningún caso. Y estábamos enamorados como perros. No había ninguna abundancia. Llegábamos al Palacio de Bellas Artes a oír música y demás, pero porque llegó Carlos Pellicer como director y nos pesaba… “Pasen todos, todos, todos, todos sin pagar”. Si no, no hubiéramos oído nunca una orquesta sinfónica.
¿Quiénes eran sus más allegados compañeros de aventuras?
–Normalmente, Rubén Bonifaz Nuño, el poeta. Nada más. Éramos más que hermanos…
Volviendo a las élites, usted tuvo fortuna de viajar por todo el mundo, conoció altos círculos políticos y los sesenta fueron una época muy provechosa para algunos. ¿Ahora qué piensa de ello?
–Que ningún escritor debe acercarse al poderío, a la política.
¿Es lo más peligroso que puede hacer?
–Es lo más imbécil. La política es el arte de hablar a gritos para decir mentiras. Nada bueno se ha sacado, ¡coño! Lejos del poder, lejos siempre. Yo fui engañado, estafado por los hombres del poder. Me pidieron y di, intelectualmente, que es lo único que puedo dar. No me retribuyeron nunca, nunca recibí nada por mi trabajo. Lo que tengo lo hice con dos libros, no con la política. Me pagaban mi trabajo y viajé, si no, no hubiera conocido ni Veracruz. Yo quería conocer el mundo y ¿quién paga un viaje por el mudo?, pues el gobierno, nadie más puede hacerlo en nuestros países. No hay una iniciativa privada generosa que tienda la mano. Jamás se atendió a lo que aconsejé, jamás se me dijo la verdad. Salvo con los viajes, con una pérdida de tiempo sumamente estúpida, acabé burlado y humillado. Y en la pobreza, claro.
¿Se arrepiente?
–Mire, uno viene viviendo esto y lo otro. No tiene caso arrepentirse, pero sí lo tiene que uno execre ciertas épocas y respete otras. ¿Entrar a la política? Ahora puedo hacerlo y con mucha ventaja… Ni de loco. Todo menos entrar en la política, ni en el arte de diversión donde por desgracia también estuve treinta años en el cine. Esas son porquerías. “Zapatero a tus zapatos”. Es usted escritor, quiere ser periodista y hacer dinero; jódase toda la vida, para ser un gran periodista, hasta donde su capacidad se lo permita. Explótela toda, no se distraiga con nada. Esto es cruel, es duro, pero solo es así.
¿Cuáles son sus autores preferidos?
–Muy fácil. Entre más joven es un hombre, más libros cita. Y da una zurra, impresionante. Pero los míos son La Ilíada, La Biblia, Alfonso Reyes y Gabriel Miró. Esos son mis maestros.
A estas alturas de su vida, ¿qué es lo que espera como escritor?
–Como escritor ojala consiga algo perdurable. Como hombre, anhelo que me ame mucho una mujer. Con la vida toda. Con toda el alma. El único sentido de la vida es ese.
Le gustaría que le hicieran un homenaje. Como siempre, las fanfarrias se tocan en una época tardía…
–Mire, antes o después, siempre son nefastos los homenajes y los concursos y los premios. ¡Esas son puterías! Hay que ver la inflamación de arrogancia con que se llenan, el algodón de las palabras, son maestros de la pendejez. Olvídense de eso, lean, escriban. Jódanse.
¿Qué es lo que más le disgusta?
–La estupidez. Me ahoga.
¿Cómo se despediría de la vida?
–Yo diría “te amo” a alguna mujer bellísima que me amara con toda el alma. Esa sería mi despedida.
*La entrevista fue publicada en la revista Criteria, año 2, num. 20, en febrero de 1997.
COTEJO DE TRADUCCIÓN
- EDMUNDO MARTÍNEZ GARCÍA: PREGÚNTALE AL DR. FLOYD
- LAYLA SÁNCHEZ KURI: LA VOZ VIOLETA MULTIPLICADA
- ZEL CABRERA: NOVÍSIMAS Y LOS LIBROS DEL PERRO
- YURI VALECILLO: BLANDIR LA REALIDAD COTIDIANA
- RITA GUERRERO: A VECES ME DA MIEDO…