Cotejo de Traducción

EDMUNDO MARTÍNEZ GARCÍA: PREGÚNTALE  AL DR. FLOYD

El doctor Edmundo Martínez es hospitalario y generoso. Visitar “Macondo” supone un viaje espiral en un radio de dos horas respecto a la Ciudad de México, pero con “dieciocho horas de estática”; guiño a la novela de Carl Sagan y posterior película de Robert Zemeckis, claro, porque se trata de un viaje intergaláctico hacia una realidad multiplicada. “Macondo” es un jardín interior y una galería; biblioteca, bazar de antigüedades y arte objeto. Edmundo comparte modelos para armar, libros de artista. — ¿Qué no sabes hacer, Dok? —También, cocino— dice, con una tímida sonrisa. Su madre lo enseñó, me cuenta, aunque no lo he comprobado, es cierto, porque hemos preferido caminar por los alrededores, recordando anécdotas de alpinismo y valiosos datos sobre el pasado histórico de la región de Los Volcanes, el lugar de exploración de Edmundo, desde hace décadas. Nació en Teotihuacán, la conexión entre marcadores astronómicos del México antiguo permite encontrar correspondencias geográficas; también está el testimonio de muchos años de trabajo docente, vida de familia y una gran curiosidad por “el mundo de la vida”, como explican los filósofos de la ciencia. Lo de “Dr. Floyd” parece obvio, ¿verdad? Los diamantes locos son fruto de la melomanía y la búsqueda de realidades alteradas. El rock es un lugar común en nuestras charlas. También, la lucha libre, ¿puedes creerlo? Rock y Lucha. Luego, el Parme, notas a pie de página. Los beats, el Boom, “En fin, Literatura”, diría Cortázar, y en una de esas, tocamos tres acordes de guitarra y hasta nos sale bien esa rola de Bob Dylan. El Dok es excelente maestro. Nos quedan muchos temas. Un poco de academia vendrá bien ahora; por lo que iniciamos la serie de preguntas con la finalidad de comprender los procesos de escritura y el ambicioso proyecto de libro El escritor connombre de filósofo, depróxima aparición en los sellos La palabra escrita y Granito de Sal 88.

ZR: Edmundo, cuéntanos un poco sobre tus inicios en el mundo de la escritura…

EM: He sido desde niño un buen lector, pero en el ejercicio de la escritura ya comencé grande de edad. Tenía cuarenta años cuando tuve la ocurrencia de rescatar los relatos de mi madre y de mi abuela; relatos cargados de lo que Carpentier llamó “lo real maravilloso”, historias que se contaban en los pueblos donde ellas habían vivido. Recuerdo que disfrutaba mucho aquellas pláticas, porque mi madre y mi abuela eran buenas contadoras de anécdotas, las cuales habían visto o escuchado. Recuerdo algunas de manera muy nítida, como si me las hubieran contado ayer. Una de un hombre del que se decía llevaba al diablo pegado en la espalda; otra de un jornalero que tenía pacto con el diablo y que éste se lo llevó en cuerpo y alma cuando aquél decidió romper el pacto, y una más, la del abuelo Francisco [mi bisabuelo] a quién una bruja le dio una golpiza por no invitarle un jarrito de pulque. Todas esas historias y otras más, las tengo muy presentes todavía. Así que un buen día decidí escribirlas y publicarlas, para su preservación. La idea era grabar la voz de mi madre [mi abuela ya no vivía], pero ella se negó porque no le gustaba eso de ser grabada [ni fotografiada]. Así que tuve que “literaturizar” todo lo contado y todo lo recordado, y en el camino, tuve que ponerle de “mi propia cosecha” porque había olvidado ciertos detalles. El resultado fue un librito ilustrado con unos dibujos preciosos de Gabriel Hernández Ramos, su título: Mano de gato. A partir de ese momento descubrí el fascinante mundo de la escritura creativa.

ZR: Lo creativo, la parte sensible, es una suerte de acoso ineludible, pero, ¿qué tan importante ha sido para ti la formación académica?

La formación académica, desde la primaria hasta el doctorado, me ha permitido acercarme a los grandes escritores que ha dado la humanidad. Recuerdo que cuando iba en sexto grado de primaria, llevábamos un libro extra que se titulaba Cultura y Espíritu. Era un compendio de lecturas variadas y sintetizadas para nuestra edad con textos de los grandes clásicos: Dante, Tolstoi, Tagore, Confucio, etc. En la secundaria y en la preparatoria tuve excelentes profesores de literatura. En la Normal recuerdo de manera cariñosa a la maestra María Luisa Sánchez Martínez quien era una excelente docente de literatura. La licenciatura en Letras Latinoamericanas consolidó mi gusto y mi formación literaria y de algún modo me abrió la inquietud por escribir. Y qué decir de mi trabajo docente; la docencia me dio la oportunidad de acercarme con profundidad a diferentes autores y distintas corrientes literarias. Cursos como los de Literatura Latinoamericana, Literatura Universal, Curso Monográfico de El Quijote, Movimiento Literario Latinoamericano Contemporáneo, entre otros, me llevaron al conocimiento y dominio de obras clásicas universales tales como La Ilíada, El Quijote, La Divina comedia, las obras de Tolstoi, de Dostoievski, de Kafka. Y no se diga de las grandes obras de la literatura latinoamericana contemporánea: Rayuela, Pedro Páramo, Cien años de soledad, La ciudad y los perros, La muerte de Artemio Cruz…  Lo demás es historia.

ZR: ¿Cuál fue tu tema de investigación cuando hiciste el doctorado?

EM: En el doctorado hice una tesis que había pensado para licenciatura: un estudio de Memoria del fuego, de Eduardo Galeano. El análisis fue sobre el discurso, el uso de la paráfrasis y el ejercicio de la transtextualidad. La idea fue encontrar la diferencia entre lo que escribía Galeano en Memoria del fuego y sus fuentes históricas, y de cómo el autor se valía del recurso retórico de la paráfrasis y del uso de la transtextualidad que propone Gerard Genette para “literaturizar” la historia. En el camino tuve que entrarle también al análisis de la Ironía [Eironeia, Pere Ballart]. Memoria del fuego narra la historia de América desde sus mitos hasta la década de los años ochenta del siglo XX. En verdad es una trilogía fascinante donde el autor, sin dejar la objetividad histórica, recurre a recursos discursivos y literarios que le cambian el rostro a la historia oficial. “Que el lector sienta que la historia está ocurriendo mientras las palabras la cuentan. Que la historia huya de los museos y respire a pleno pulmón. Que el pasado se haga presente.”, dice Galeano en la introducción. Fue un trabajo exhausto, pero lo disfruté como no tienen idea. En la licenciatura terminé haciendo un estudio de La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa y las distintas utopías en el pensamiento de los personajes principales: Goncalvez, Barón de Cañabrava, Consejero, Galileo Gall y Moreira César.

ZR: ¿Eduardo Galeano o García Márquez?

EM: Cada uno tiene lo suyo, aunque hay marcadas diferencias. Coinciden en que se identificaron con la izquierda latinoamericana, pero Galeano se lo tomó más en serio, fue más directo en sus obras, más de acción y más polifacético. A Gabriel García Márquez lo vi sólo una vez, en una FIL de Guadalajara; la reacción de la gente era como ver a un rockstar, recuerdo. Cuando leí su novela Cien años de soledad, quedé todo turulato por varias semanas; llegué a concebir la desatinada idea de aprendérmela completa de memoria. Desde luego que no lo logré, aunque llegué a memorizar ocho o diez páginas que me gustaba declamar en clase. Tal fue el grado de enajenación provocado. Galeano fue más humilde, más terrenal. Una de las grandes experiencias en el transcurso del doctorado fue que me dio una entrevista de una hora, en el Hotel Polanco de la CDMX. Recuerdo que llevaba yo una lista de diez preguntas, pero don Eduardo cuya capacidad de plática era extraordinaria, si acaso me respondió dos, porque daba respuestas bastante generosas. Al final de la entrevista, mi hijo Luis le regaló una pintura que había hecho exclusivamente para él: un rostro de Eduardo Galeano con un mapa de América Latina que brotaba en su cabeza y le cruzaba parte del rostro. Galeno me dio su libro, Espejos, firmado y con la dirección de su casa en Montevideo. “Cuando vayan para allá, no dejen de visitarme, ya tengo dos amigos más”. No lo hicimos y ahora me arrepiento. 

ZR; El Boom latinoamericano te toca profundamente, sin embargo, es Jack Kerouac quien está presente en tu obra literaria. ¿Cómo se da ese proceso en tu escritura?

EM: Muchos de los escritores del Boom fueron hijos literarios de Kafka, Joyce, Proust, pero sobre todo de Faulkner. La enseñanza que me dejaron los del Boom fue el manejo de ciertas técnicas narrativas de vanguardia, la fragmentación temporal, la analepsis, la prolepsis, etc. Cuando leí Pedro Páramo me sorprendió esa dispersión de los hechos, ese ir y venir en el tiempo. Lo mismo me ocurrió con Rayuela y su carácter lúdico. Eso me hizo entender que la literatura también es juego. De Kerouac me ha fascinado el atrevimiento de romper con las estructuras narrativas habituales y también con el lenguaje. Henry Miller llegó a expresar en el prólogo a Los Subterráneos: “Es posible que nuestra prosa no se recobre jamás de lo que le ha hecho Jack Kerouac”. La idea de escribir como si fuera una pieza de jazz o la escritura espontánea y aparentemente desordenada fueron para mí una revelación desde que lo leí por vez primera siendo estudiante de preparatoria. Jack Kerouac ha influido no sólo en escritores posteriores a él, sino en músicos y poetas como Bob Dylan. Leer a Jack Kerouac me dejó una hermosa sensación de libertad absoluta; después de leerlo sentí que podía hacer prácticamente lo que yo quisiera con mi trabajo de ficción literaria. En Kerouac no hay límites.

ZR: Parménides García Saldaña… ¿Por qué escribir sobre él?

EM: Me parece que Parménides García Saldaña ha sido injustamente relegado. Cuando hablamos de la “Literatura de la Onda” de inmediato nos brinca la imagen de José Agustín. De Parménides se han olvidado mucho; alguna vez platiqué con un profesor de literatura de una universidad y me decía que ni siquiera él lo recordaba. Yo mismo, reconozco, en algunos cursos llegué relegarlo. Además, hay que considerar que escribió y publicó pocos libros, creo que cinco; esa puede ser una de las causas de su ostracismo de la república de las letras modernas mexicanas. Quizá esté exagerando. Escribir acerca de él, [“novelizarlo” en este caso] fue, lo admito, algo accidental, algo no premeditado. Desde luego que aproveché el momento para redimirlo un poco, aunque no se trata propiamente de un trabajo biográfico. Creo que hace falta una buena biografía y estudios más amplios sobre su obra y su vida. Desde luego que no era mi intención algo académico o histórico, sino, un juego literario, una ucronía.

ZR: ¿Cómo nació El escritor connombre de filósofo?

EM: Se trató de una serie de circunstancias. Cuando los extalleristas de Armando Vega Gil retomamos el taller, comenzamos a sesionar vía zoom los jueves por la noche. Nos imponíamos temas distintos y así fui reuniendo una buena cantidad de cuentitos para una futura publicación. Paralelamente, iba tallereando una novela corta acerca de un fotógrafo mediocre cuya pareja, Alejandra, lo abandonaba. No recuerdo quién tuvo la idea de escribir un cuento con la temática del 14 de febrero, día del amor y la amistad. Entonces se me ocurrió escribir una historia de Alejandra, quien, después de la ruptura con Nicolás, el fotógrafo, decide emprender una nueva relación sentimental. Tuve que comenzar a idear a un personaje que sirviera como la nueva pareja de Alejandra. Recuerdo que entre las posibilidades había un poeta, un pintor, un abogado y otro fotógrafo. Por aquellos días, en el taller de lectura que imparto en la escuela de Bellas Artes de Amecameca, leíamos unos cuentos de El Rey Criollo; fue entonces que se me ocurrió poner a Parménides como la pareja de Alejandra. Y titulé el cuento “El escritor connombre de filósofo”, uniendo las “nn” como juego, tal como hacía el autor de Pasto Verde. Luego de que los talleristas me dieron sus opiniones, Samuel Segura, me dijo, “Profe, ¿por qué no pone a Parménides García Saldaña como el protagonista de su novela?”. Sentí como una iluminación. Fue así que me di a la tarea de ir uniendo los cuentos que ya tenía con un eje conductor narrativo que era un Parménides García Saldaña “novelizado”. Cada cuento entramado constituye un capítulo que conserva cierta independencia. Creo que la historia del escritor connombre de filósofo en realidad es sólo un pretexto, un secreto que me gustaría que los lectores develaran. Esa es la historia.

ZR: Dok, ¿qué esperas de tu más reciente libro?

EM: Cuando me han hecho esa pregunta con respecto a mis libros anteriores, contesto medio en broma y medio en serio: “espero que sea el último”. Pero uno no para luego de ser inoculado por el veneno de la escritura creativa. Puede que sea uno un mal escritor, pero no por ello se dejan las teclas en paz; hay una especie de magnetismo que nos atrae siempre hacia nuevos horizontes narrativos. La pantalla en blanco siempre es una invitación a la aventura, a la risa, y a veces también a las lágrimas. Espero desde luego que la novela guste a los lectores, que pasen un buen rato con las distintas historias allí contadas. También me gustaría motivar el interés por un escritor casi olvidado, para que, de ese modo, alguien elabore un estudio biográfico serio, porque si de algo carece este libro es de seriedad.

ZR: Edmundo, eres un gran docente, ¿qué recomendaciones les darías a las nuevas generaciones de escritores?

EM: Gracias. Es una pregunta difícil de responder de manera clara y contundente. Cuando me han preguntado al respecto, suelo decir que, si les gusta escribir, que escriban y que no les importe si lo hacen mal, que eso se va corrigiendo con el tiempo y la práctica. Parece una respuesta fácil. Y yo les explico que escribir es más que teclear y poner signos en la pantalla en blanco. Escribir una novela o un cuento no es sólo contar algo de alguien; escribir es la búsqueda del sentido de la vida en un mundo sediento de sangre y tan lleno de absurdos. También suelo decirles que lean mucho, que “detrás de cada gran escritor, hay un gran lector”. Igualmente les explico que la lectura puede ser un ejercicio más interesante que la escritura, pero que se complementan entre sí. Del mismo modo, les recomiendo que asistan a talleres y que, si aguantan las críticas, a veces severas y mal intencionadas, entonces tienen madera de escritores. Aquí suelo darles el ejemplo de Rulfo y cómo al principio fue severamente criticado por sus obras. Otra recomendación, que no escriban con la intención de hacerse famosos o ricos, que eso podría darse por añadidura, pero que en la mayoría de los casos eso no pasa. Y otra más, que no quieran parecerse a sus ídolos literarios; las imitaciones siempre son malas copias. Ciertamente, las influencias son inevitables, pero eso es otra cosa.     

Edmundo Martínez García, CDMX. Profesor Normalista, Licenciado en Letras Latinoamericanas, Maestro en Ciencias de la Educación, Doctor en Humanidades [Teoría Literaria]. Ha sido docente por más de cuarenta años y colaborador en revistas culturales de la región Amecameca-Cuautla. Fue integrante del taller de poesía que dirigió el maestro y poeta Enrique Villada, posteriormente bajo la dirección del maestro Nahum B. Zenil. Asimismo, integró el taller de narrativa dirigido por el músico y escritor Armando Vega Gil. Desde hace diez años dirige el taller de Lectura y escritura creativa en la Escuela de Bellas Artes de Amecameca. Actualmente es integrante del grupo tallerista conformado por los exalumnos de Armando Vega Gil. Es autor de los libros de cuentos Mano de gato, cuentos de la tradición oral (1998), Si lo ves, dile al general Vicente Guerrero que los nazis ya están aquí (2009), El bigote de Chaplin (2018), Antropomorfo, cuentos a dos de tres caídas sin límite de tiempo (2021).

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